Elegir al nuevo Papa

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Aislamiento, secreto y tradición. Una mirada a cómo se elige al nuevo Sumo Pontífice.

La renuncia del papa Benedicto XVI, que será hecha efectiva este jueves por la tarde, centrará de nuevo los ojos del mundo en el Vaticano cuando comience un nuevo cónclave para elegir a quien sucederá a Joseph Ratzinger como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

La palabra “cónclave” deriba del latín “cum clavis”, traducido como “bajo llave”. Y es que los cardenales que participan de la reunión para elegir al nuevo Sumo Pontífice deben aislarse por completo del resto del mundo cuando se lleva a cabo la elección.

A este efecto, los mismos se encierran en la emblemática Capilla Sixtina, donde permanecen hasta que el nuevo papa sea elegido, aunque una determinación del papa Juan Pablo II tomada en 1996 estableció que los cardenales pueden vivir en la Casa de Santa María, un edificio adjunto a la capilla construído específicamente con el fin de albergar a los cardenales durante el cónclave.

El aislamiento debe ser absoluto; la televisión, la radio, teléfonos, la prensa, la correspondencia o la internet están prohibidos a los electores por la duración total del cónclave, y solamente personas previamente autorizadas pueden hablar con los cardenales o siquiera acercarse a ellos. Un dispositivo instalado en la Capilla Sixtina impide que cualquier señal de radio llegue a su interior.

El día del inicio del cónclave se desarrolla una misa en la que se pide a Dios que ilumine la mente de los electores, tras la cual los mismos se dirigen a la Capilla Sixtina. Una vez que todos los individuos ajenos al cónclave hayan abandonado el recinto, las puertas son cerradas y la Guardia Suiza queda custodiándola.

Cada cardenal deposita personalmente su voto en una urna en el altar de la capilla, escrito en una papeleta que debe ser doblada dos veces. Sólo cuando un cardenal está enfermo o por alguna razón no puede acercarse al altar, será ayudado por un escrutador, uno de los tres elegidos por voto público para el escrutinio de los votos, quien recogerá su papeleta y la positará.

Luego de concluida la votación, los escrutadores contarán los votos, que serán luego verificados por otros tres “revisores”, también elegidos por voto público para asegurarse de que los escrutadores realizaron su trabajo de forma correcta.

Si ninguno de los candidatos obtuvo dos tercios de los votos, las papeletas son quemadas. Al fuego se añade sustancias químicas para que el humo que se eleve y salga por la chimenea de la capilla sea negro, señalando al mundo que la elección fue fallida, y el proceso vuelve a comenzar.

Una vez que un candidato logra los dos tercios necesarios, se le pregunta si acepta ser Sumo Pontífice, y en caso de responder que sí se le pregunta con qué nombre desea ser conocido. Si el elegido no es uno de los cardenales presentes, se dará aviso inmediatamente al elegido en el más absoluto de los secretos, para que se presente en el Vaticano lo antes posible.

Una vez que el elegido ha aceptado, se queman las papeletas con químicos que producen humo blanco, señalando la elección de un nuevo Papa.

La cantidad de cardenales que pueden participar de un cónclave ha variado en el último siglo. En 1970, el papa Pablo VI determinó que los electores deben ser menores de 80 años, y estableció el número máximo en 120, aunque en 2003 Juan Pablo II elevó el máximo a 135. Teniendo en cuenta la edad límite, unos 121 cardenales podrían participar del cónclave para elegir al sucesor de Benedicto XVI.

Los requisitos mínimos para ser elegible como Papa son haber cumplido al menos cinco años de trabajo como presbítero y ser mayor de 35 años, ser varón y, lógicamente, estar bautizado; no existe restricción alguna respecto a la nacionalidad. En teoría, no es necesario ser cardenal u obispo para convertirse en Papa, ya que puede ser elegido un presbítero, un diácono e incluso un laico, aunque en caso de que eso ocurra el elegido sería inmediatamente ordenado obispo.

Un candidato necesita dos tercios de los votos para ser elegido como Papa, desde que Juan Pablo II restauró ese sistema electoral en 1996; los cardenales pueden votarse a sí mismos. Benedicto XVI hizo algunos cambios a las normas en 2007, pero la regla de los dos tercios se mantuvo.

El pasado lunes, Benedicto XVI decretó la autorización para que el cónclave se pueda adelantar, pudiendo realizarse antes de que hayan pasado los 15 días de Sede Vacante -el período posterior a la muerte o la renuncia del Papa- que habitualmente se espera antes de iniciar la elección; la fecha de inicio queda, pues, a elección de los cardenales, que darán inicio al cónclave cuando estén en el Vaticano todos los votantes.

El “motu propio” firmado porr el Papa además aumentar a ocho (antes eran dos) del número de ceremonieros, y que, si se da el caso, los dos cardenales más votados en el cónclave no puedan votar para evitar que uno pueda dar el voto al otro y así no ser elegido.

La violación del secreto del cónclave por parte de alguno de los cardenales será penado con la excomunión para el culpable, como también quien sea hallado culpable de simonía (compra de votos).

Los cardenales electores deberán abstenerse de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género que les puedan obligar a dar o negar el voto a otros, y ningún cardenal que cumpla el requisito de edad podrá ser excluído del cónclave, aunque si uno de ellos considera en conciencia que no puede participar por enfermedad o la imposibilidad de asistir, puede simplemente abstenerse de ingresar a la Capilla Sixtina.

El período de Sede Vacante comenzará este jueves a las 16:00 (hora paraguaya), cuando Benedicto XVI abandone definitivamente el Vaticano.

Los cardenales probablemente se congregarán por primera vez durante la Sede Vacante el próximo 1 de marzo, y entonces podrían anunciar la fecha en la que dará inicio el cónclave.