21 de Marzo de 2017 10:02

 

La lucha de las víctimas rumanas de la trata contra los prejuicios

Por AFP

PITESTI. Se vieron obligadas a ejercer la prostitución a una edad en la que sus amigas jugaban a las muñecas pero, una vez terminado su calvario, las víctimas rumanas de la trata todavía tienen que luchar contra los estereotipos.

“¿Cómo que ’forzada a prostituirse’? ¿Es una puta o no lo es?”. Iana Matei, psicóloga rumana que trabaja con jóvenes menores víctimas del tráfico de seres humanos, ha escuchado mil veces esta pregunta.

A ojos de la sociedad, “esas chicas son culpables”, pese a que a menudo son entregadas a proxenetas por sus propias familias, indica Matei en una entrevista con la AFP , coincidiendo con la salida del largometraje Fixeur en Francia, consagrado a este fenómeno, este miércoles.

En el centro de acogida abierto cerca de Pitesti (sur de Rumanía) por la asociación Reaching Out que ella preside, once adolescentes miran la televisión, bordan o se gastan bromas sobre sus estrellas favoritas. Todo para olvidar los suplicios pasados.

Hace tres años que Angela (nombre ficticio) , de 16 años, vive en el centro. Según dice, no ha visto a sus padres desde hace cuatro años y no tiene “ningunas ganas de verlos”.

Vendidas por sus padres

“Lo más habitual es que sean los padres quienes vendan a sus hijas a traficantes. O, para las menores ubicadas en residencias, que los empleados se las propongan a clientes”, explica Matei.

Según cifras oficiales, 695 víctimas del tráfico fueron identificadas en 2016 en Rumanía, contra 880 el año anterior, La mayoría fueron explotadas por redes de traficantes rumanos que actuaban principalmente en Italia, España, Alemania y Francia.

Una parte de ellas consiguió huir pero “son sobre todo las oenegés que trabajan sobre el terreno quienes las identifican y las ayudan a volver a su país” , precisa la psicóloga, que ha visto pasar por su centro a unas 500 víctimas, la mayoría de las cuales denunció a sus proxenetas.

Preocupado por la amplitud de esta lacra en el país, empobrecido, el Consejo de Europa subrayó recientemente que el número de niños rumanos identificados como víctimas del trato había “aumentado considerablemente” en los últimos años.

Matei lo confirma: hasta 2007, solo un cuarto de las internas acogidas en su centro eran menores, mientras que hoy las jóvenes adolescentes representan la mayoría de los usuarios del centro. En 2015, 33 víctimas identificadas tenían menos de 13 años y tres, menos de siete.

Aunque sepan que se trata de menores, “los rumanos están acostumbrados a tratarlas de ’putas’”, denuncia la psicóloga.

Peor aún: “la estigmatización empieza dentro de la familia de la víctima, antes de que se propague por la sociedad” , recalca el comisario Adrian Petrescu, jefe de la Agencia Nacional de la Lucha contra el Tráfico de Seres Humanos (ANITP). 

“Después de que sus familias las traten de ’inútiles’ desde pequeñas, su autoestima es muy baja y se culpan por todo lo que les pasa a continuación”, constata Matei.

Un tema que ’molesta’ 

El cineasta rumano Adrian Silisteanu, guionista de Fixeur, una coproducción franco-rumana dirigida por Adrian Sitaru, confía que él mismo tuvo que luchar contra sus prejuicios.

“En 2002, fui al norte de Rumanía para hacer un reportaje sobre las dos primeras ’prostitutas menores’ repatriadas desde Francia. A pesar de mi empatía a priori hacia esa categoría de víctimas, en mi cabeza tenía una imagen negativa que no conseguía quitarme”, cuenta.

El encuentro con Anca, de 14 años, una “niña inocente que no entendía demasiado bien lo que le había pasado ni lo que los periodistas querían de ella, fue una toma de conciencia”, explica este excolaborador de la AFP.

A veces, las víctimas son chicos.

Abandonado por sus padres al nacer, Rupi Gabor, de 26 años, cayó en las garras de una red de proxenitismo tras haber tenido que abandonar, al cumplir su mayoría de edad, la residencia de Brasov (centro) donde se había criado. Tres miembros de la red, desmantelada en 2012, fueron condenados en 2015 a penas de entre cinco y siete años de cárcel.

“Esta experiencia hizo de mí alguien que quiere ayudar” a los jóvenes salidos de orfanatos, “para que no se vean en la calle ni se conviertan en víctimas del tráfico”, cuenta Gabor, que fundó una asociación, “Zambeste pentru viitor” (Sonríe al futuro). 

Él eligió no esconder su cara, pese a que sabe que “el tema molesta”.

“Si le cuentas a la gente lo que has pasado, o se ríen o no te creen o piensan que tú has querido verte en esa situación”.

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