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05 de Diciembre de 2018 12:17

 

Seguidores de Bolsonaro se entrenan para disparar

Por Shasta Darlington/The New York Times

SÃO PAULO, Brasil. A Natalia y Rubens Ortega solo les falta decidir una cosa: ¿Glock o Taurus?

La joven pareja se inscribió en un curso de entrenamiento para el manejo de armas en un club de tiro en São Paulo tan solo unos días después de que Jair Bolsonaro, un político de extrema derecha y capitán retirado del ejército, fue elegido como el próximo presidente de Brasil gracias a su firme promesa de derrocar el status quo y combatir el crimen.

En una población enfurecida por la crisis política y económica de los últimos años y preocupada por el aumento de la violencia, tuvo un impacto particular el compromiso que asumió Bolsonaro de romper con la actitud restrictiva de Brasil sobre las armas y facilitar que “la gente buena” las posea.

“Queremos retomar la práctica para que cuando esto suceda podamos comprar una pistola”, dijo Rubens Ortega, quien acaba de unirse a la ola de brasileños que se preparan para los cambios en las restricciones a las armas. “Solo que no podemos decidir cuál comprar”.

La postura de Bolsonaro de mano firme contra la delincuencia lo catapultó a la delantera de una reñida contienda electoral en un país que sufre una epidemia de violencia sin precedentes. El año pasado hubo cerca de 175 homicidios al día en Brasil, de acuerdo con el Foro Brasileño de Seguridad Pública.

Bolsonaro, quien a menudo simuló disparos con los dedos en sus mítines de campaña, afirmó que combatirá la oleada de homicidios haciendo menos estrictas las leyes sobre el uso de armas de fuego y dándole a la policía más libertad para disparar a los sospechosos.

“Debemos terminar con esta actitud políticamente correcta de decir que deponer las armas hará de Brasil un lugar más seguro, pues no es así”, declaró Bolsonaro en su primera entrevista en televisión tras su elección, en la cual también señaló que las regulaciones actuales no han logrado impedir que las armas de fuego lleguen a manos de los criminales.

Estas regulaciones se crearon a principios del siglo XXI cuando la sociedad civil, frente a la violencia creciente y la explosión del tráfico de cocaína en Brasil, aumentó la presión para que el gobierno registrara las armas y regulara su uso.

El Congreso respondió. En 2003, aprobó una ley estricta conocida como el Estatuto del Desarme, según la cual se requiere que los solicitantes sean mayores de 25 años, no tengan antecedentes penales y presenten comprobantes de un trabajo estable y una residencia fija; además, deben pasar una prueba psicológica y estar capacitados en el manejo de armas.

La regulación también les da a los brasileños dos opciones: pueden obtener la licencia para un arma de defensa personal, la cual debe permanecer exclusivamente en su casa o lugar de trabajo, o para un arma deportiva, la cual puede guardarse en casa y transportarse a clubes de tiro autorizados, con la documentación completa en todo momento. En el caso de la defensa personal, el solicitante debe declarar formalmente por qué necesita el arma y ese argumento debe ser aprobado por la policía.

Ante un proceso de registro tan oneroso, muchos propietarios de armas optaron por no usarlas.

La tasa de asesinatos en Brasil disminuyó un 12 por ciento en los cuatro años posteriores a la aprobación del estatuto. Sin embargo, los homicidios volvieron a aumentar y llegaron a un récord de 30,8 por cada 100.000 personas en 2017, de acuerdo con el Foro Brasileño de Seguridad Pública, una organización de investigación (en Estados Unidos hubo 5 homicidios por cada 100.000 personas en 2015 —el último año del que se tienen datos—, una cifra menor a la de 1996 cuando eran 8 por cada 100.000. Incluso México tuvo una tasa más baja de asesinatos el año pasado, de 25 por cada 100.000).

La venta legal de armas de fuego, que también disminuyó tras la implementación del Estatuto del Desarme, se disparó años después. Para 2017, había 42.387 nuevas armas registradas con la policía, en comparación con las 5.159 en 2004.

La promesa de Bolsonaro de relajar la regulación sobre las armas y darle mayor libertad a la policía para disparar es preocupante para algunos expertos que sostienen que mientras más armas haya, más violencia habrá, y que la agresión policíaca debe contenerse, no alentarse. La policía brasileña asesinó a 5.144 personas en 2017, lo cual representó un aumento del 20 por ciento comparado con el año anterior.

La gran mayoría de las armas de fuego que utilizan los criminales fueron adquiridas legalmente en algún momento, y las armas legales también son causa de muchas muertes a consecuencia de accidentes, abuso doméstico y desacuerdos que se salen de control, comentó Ivan Marques, director ejecutivo del Instituto Sou da Paz, organismo enfocado en cuestiones de seguridad.

Hay estudios que demuestran que tener más armas de fuego en circulación aumenta el número de muertes, pero “no existen soluciones mágicas”, admitió Ilona Szabó, directora del Instituto Igarapé, un grupo de investigación que se enfoca en cuestiones de seguridad. “Necesitamos medidas sostenibles que vuelvan más seguro al país”.

Pese al entusiasmo en torno a Bolsonaro y el enojo respecto de la crisis de seguridad pública, la mayoría de los brasileños —el 55 por ciento, según una encuesta realizada por Datafolha justo antes de las elecciones— piensan que la posesión de armas debería prohibirse, aunque esta cifra solía ser del 68 por ciento en 2013, cuando por primera vez se realizó el sondeo con esa pregunta.

Luciana Burr, abogada de São Paulo, dice que la han asaltado a punta de pistola seis veces. La primera vez, tenía 15 años. Después, la encerraron en su auto durante un “secuestro exprés” con su hijo de 5 años. Unos adolescentes armados los tuvieron dando vueltas en el auto durante dos horas mientras la obligaban a sacar dinero de cajeros automáticos. Aun así, ella se opone rotundamente a que se permita a los ciudadanos portar armas, con el argumento de que haber estado armada no le habría ayudado en nada.

“En cada asalto me han tomado por sorpresa”, explicó, y agregó: “No quiero que un ‘buen ciudadano’ intervenga con una pistola. No quiero que alguien tome esa decisión por mí, el riesgo es demasiado grande”.

Se han presentado varias propuestas ante el Congreso respaldadas por los “cabilderos de la bala”, un grupo de legisladores, como parte de un esfuerzo para relajar las restricciones al armamento. Días después de la victoria de Bolsonaro, los representantes —ansiosos por impresionar al presidente electo— insistieron en someter a votación un proyecto de ley, propuesto en 2012, que reduciría el límite de edad para la posesión de armas a 21 años y eliminaría el requisito de que los solicitantes comprueben la necesidad de estar armados.

Al parecer, es probable que ese proyecto de ley se vote el 1 de enero, cuando Bolsonaro y sus nuevos aliados en el Congreso entrarán en funciones. Los conservadores de su Partido Social Liberal consiguieron 52 asientos, un aumento de los ocho que solían tener, lo que los convierte en el segundo partido más numeroso en la cámara baja.

Las acciones del fabricante de armas brasileño Forjas Taurus se dispararon repentinamente más del 400 por ciento antes de las elecciones presidenciales con base en expectativas de que la victoria de Bolsonaro prepararía el camino para un auge de ventas, aunque desde entonces las preocupaciones financieras de la empresa han mermado algunas de esas ganancias.

La euforia en torno al ascenso de Bolsonaro también dio lugar a una avalancha de llamadas telefónicas a la academia de tiro Centaurus de personas interesadas en cursos, asesoramiento sobre cómo podrían cambiar las leyes o prácticas en su casa de dos pisos convertida en un salón de clases y un campo de tiro de cuatro pistas.

“Ha habido un enorme incremento en la demanda gracias a mi favorito, Bolsonaro”, dijo Nelson de Oliveira Jr., policía retirado que abrió la academia de tiro Centaurus en São Paulo en 2003, justo antes de que el gobierno de Brasil, en aquel entonces de izquierda, instaurara el Estatuto del Desarme.

Entre los interesados están los Ortega, quienes se inscribieron a un curso de entrenamiento en la academia de tiro y consideran que poseer un arma podría prevenir robos a mano armada como el que Natalia Ortega dice que sufrió dos meses antes de que Bolsonaro ganara la elección.

“En este momento, solo los delincuentes tienen armas”, dijo. “No voy a correr por las calles con una pistola en la mano, pero quizá un criminal lo piense dos veces al saber que los ciudadanos comunes pueden estar armados”.

 
 

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