Cambio de Himno

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Entre tanto que cambiar, no olvidemos el Himno nacional. No se rían, es un símbolo patrio según la Constitución, y es un símbolo anticuado, medio prepotente, algo violento, personalista y ciertamente irreal, y es larguísimo: que muy poca gente sepa que tiene como media docena de estrofas indica lo poco que nos importa. Nombra a Rómulo y a su hermano Remo, que de paraguayos no tenían nada. Y es tan romanista el himno que nos llama “nueva Roma”, rayando en lo ridículo. Un poco más y dan ganas de ubicar un coliseo en alguna parte. El himno es substancialmente bélico: en otras épocas este infausto continente valoró las virtudes marciales, que tanto dolor y atraso le reportaron, pero hoy... no nos queda nada de marciales, aunque sigamos siendo incorregiblemente pendencieros. El himno rompe cetros, troza una diadema, un león se mira bajo un gorro, a opresores anónimos les intima, sin resultados, que doblen la rodilla, y termina advirtiendo que iremos contra el mundo si el mundo se opone, con una espada esplendente que fulmina destellos de Dios, otra vez el pobre Dios metido en un lío.

Nuestro himno, nuestra canción nacional, no refleja un sentimiento paraguayo, como que fue compuesto por un extranjero, que además no fue independentista en su propio país y siguió fiel a la Madre Patria, lo que permite suponer que escribió los versos de nuestro himno como una tarea remunerada.

El próximo himno, también, debe tener al menos la mitad de sus versos en nuestro idioma anterior al español. O no será paraguayo.

Carlos J. Ardissone Valdés

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