Érase un hombre que se creía serio y que hacía cosas serias. Pero la gente no lo veía como él se veía, aunque algunos pocos sí compartían su seriedad y creían en sus gestos. Pero para la gran mayoría era solo un pobre payaso, prepotente, de mal gusto, grosero y un tanto trastornado.
La cuestión es que el payaso Pasho siguió y siguió con su actuación payasesca, y de ser para muchos un orate narcisista luego comenzó a ser, primero, un tanto gracioso, después le daban la razón en muchas cosas; así fue que un día, sus seguidores que iban en aumento, lo eligieron para representarlos y entonces comenzó a formar parte del circo oficial de payasos, un integrante más.
Y resultó que como Pasho era muy payaso para el gusto de sus compañeros estos decidieron echarlo, entonces comenzó la gran polémica, porque el público del circo quería que echaran a otros payasos trapisonderos, que ya los tenían cansados. Y esta actitud de cuerpo de los trapisonderos, que se negaron a autoexcluirse, causó gran indignación; entonces, a partir de esta protesta y raje de Pasho el payaso, fue que este comenzó a crecer en popularidad.
Así comenzó a nacer la idea de que Pasho fuera el representante general del gran circo, el público, que antes no lo apreciaba, ahora en masa pedía por el gran Pasho.
Y la masa empezó a leudar, y ya sabemos como funciona la masa, como cualquier masa: no tiene forma, es solo una masa que crece por la fermentación interna, no tiene pensamiento ni decisión propias, forzosamente necesita de alguien que la controle y le dé forma; y fue Pasho, el que logró dominar aquella gran masa; con ayuda, por supuesto, de los medios que, desde chiquito, siempre lo mostraron y alentaron sus payasadas.
Hasta aquí la breve historia de los duros comienzos del gran líder que hoy es Pasho. Una historia muy parecida a otro gran payaso que tuvo Alemania, en la primera mitad del siglo XX, al que llamaban Adolf.
Rafael Luis Franco
