Diana, ayudante de albañil, hija y madre

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Diana Fleitas (25) es la única mujer ayudante de albañil entre sus compañeros. Es madre y padre de dos niños. Antes trabajó de niñera, doméstica y vendedora. Una kuña guapa que a pesar de todo lo vivido no teme al trabajo y con orgullo cuenta su historia.

En medio de una obra en la que trabajan aproximadamente 12 albañiles, el ruido producido por el taladro y las mezclas de cemento, hoy en el Día Internacional de la Mujer, desempolvamos una historia, marcada por la injusticia social y un conjunto de situaciones desfavorables.

Diana actualmente realiza la labor de patinar el piso en una construcción, dice que lo que hace ahora no es difícil pero que tampoco le asusta el trabajo pesado con tal de sacar adelante a su familia, pues tiene dos hijos que mantener -de seis y dos años-, su mamá sufre de hipertensión y ayuda a su hermana con los gastos de la casa. “Yo voy a hacer lo que sea por mi gente, igual si tengo que limpiar el baño o cuidar criaturas, porque hay algunas que piensan en ellas mismas y yo pienso en mi familia. No importa lo que pase, no les voy a abandonar”, comentó.

Todos los días se levanta a las 04:00 para venir a Asunción desde la ciudad de Itá. Tiene 12 hermanos y empezó a ir a la escuela recién a los siete años por la dificultosa situación en la que vivía. Fue criada básicamente por tres mujeres: su bisabuela, su abuela y su madre.

Trabaja desde los 13 años, ayudaba a su mamá a preparar masitas para venderlas y después de cumplir 15 años fue a Ciudad del Este a vivir con sus hermanas, pero como hacía la labor de niñera por las mañanas, iba de noche al colegio y después de cuatro asaltos de los que fue víctima, decidió abandonar sus estudios en el primero de la media por la inseguridad extrema.

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Cuenta que en su adolescencia fue explotada laboralmente en una casa en Luque de la que no podía salir y hacía las veces de doméstica, cocinera y niñera con un sueldo mensual de G. 150.000. “Inclusive cuando salí porque no aguantaba más, me acusaron de ladrona, pero yo nunca toqué sus cosas. Para probarme dejaban sus cadenas de oro en la cama, igual yo le ponía todo en un lugar porque mi mamá me enseñó que no tenía que llevar a casa algo que no era mío al menos que me lo regalen”, continuó.

También trabajó por un mes en un copetín en el cual se vio obligada a renunciar debido a los acosos que recibía de una de las personas encargadas del lugar.

Dijo sonriendo, que a pesar de todo lo que ya pasó, se siente cómoda en su nuevo puesto, porque en el último local donde estuvo como vendedora recibía discriminación de sus propias compañeras de trabajo. “Si ven que estás progresando, empiezan a criticarte y tenés que callar todo lo que hacen, solo así te quieren y eso no va conmigo”, explicó.

Confesó que tiene ganas de terminar su colegio y no pierde las esperanzas de estudiar alguna carrera universitaria como Nutrición o Pediatría para dar un buen futuro a su familia.