29 de Setiembre de 2017 23:35

 

Héroe recuerda hazaña

Por Gladys Villalba Jara, corresponsal.

LUQUE. Don Canuto González, de 101 años, oriundo de Villarrica, apoyado en su bastón por los achaques de la edad, pero con una sonrisa y simpatía únicas, recuerda mirando a lo lejos, las sangrientas batallas que vivió en la guerra del Chaco.

Canuto González nació el 19 de enero de 1916 y con tan sólo 15 años, fue obligado a cambio de la libertad de su padre, a formar parte del grupo de soldados que irían rumbo al Chaco. Entre risas, suspiros y silencios, "el abue Canuto" relató las hazañas vividas en las batallas desde 1932.

"Un día nos reclutaron y nos trajeron hasta Asunción. Llegamos a un lugar y todos estábamos en una gran pieza y comenzaron a examinarnos. Los sanos por un lado y los enfermos eran enviados otro lado. Luego de varios días, presenté algunos malestares y entonces me dieron un mes de pase, pero faltando quince días volvieron por mi. Luego de otro chequeo, volví nuevamente a casa junto a mis padres", señaló el veterano.

Agregó, que luego de varios intentos de huir de los soldados que reclutaban a los niños y jóvenes para llevarlos a la guerra, finalmente, decidió presentarse hasta la comisaría, donde su padre estaba detenido a causa de la huída de su hijo.

"El comisario era conocido nuestro, creció prácticamente con mis padres, pero en ese momento prevaleció su condición de comisario y no le importó a quién había arrestado. Pasaron tres días y el comisario le dijo a mi papá que no lo dejaría libre hasta que yo me entregue. Entonces me dispuse para ir a la guerra y papá volvió a casa", señaló con mucho pesar Canuto González.

El verde olivo

El excombatiente señaló que él y otros jóvenes fueron traídos hasta Asunción a un lugar al que llamaban "Estadio", de donde partió un barco colmado de soldados rumbo al árido suelo chaqueño. También, dijo que un sacerdote, en el momento de embarcar, entregó a cada recluta una medalla de reconocimiento por la valentía de asumir la defensa de la Patria, siendo aún unos niños.

"Subimos a un barco llamado Cañonero Humaitá con destino a Puerto Casado. Recuerdo muy bien que éramos muchísimos y la mayoría de 15 y 16 años. A todos nos dieron medallas y cigarrillos. Llegamos y la tropa se alistó. Nos sacaron toda la ropa y quedamos totalmente desnudos. Ahí nos dieron el uniforme verde olivo, un sombrero y una manta doblada, que la colgamos en la espalda. También, recibimos una bolsa que contenía un plato, una cuchara y un jarro, todos de lata. Nos entregaron como arma un machetillo y un cinturón con 300 balas y el arma de fuego. No sabíamos usar nada, pero así fuimos", indicó el héroe.

Siguiendo con el apasionante relato, el defensor de la Patria contó que en Puerto Casado el único medio de transporte era un pequeño tren utilizado para trasladar leñas desde el monte hasta los hogares.

"Subimos en el tren y por el camino vimos a muchos soldados muertos y otros agonizando. Llegamos al lugar de combate y todos nos tiramos al suelo entre los matorrales, esperando nuestro turno para comenzar a matar", señaló.

Herido y con sed

Canuto González relató que por varios días pasaron hambre y sed. Señaló que en un momento dado, como un golpe de suerte, los soldados encontraban alguna que otra plantación de maíz y sandía, que eran atacadas por los mismos. "Fue doloroso ver morir de sed a los compatriotas. No teníamos agua. Podíamos aguantar varios días sin comer, pero sin agua no. Esa fue la mayor necesidad que tuvimos durante la guerra", expresó.

En una de las contiendas, el excombatiente sufrió una herida en la mano izquierda, provocada por el rifle en el momento de atacar. Dijo que tras este suceso y debido a la gravedad de su lesión, tuvo que volver de la guerra a su querida Villarrica, donde vivió con sus padres Elías González y Marcelina Britos.

Vive feliz

Actualmente, el héroe vive en la compañía Maka'i de Luque junto a su hija Mary Estela, donde recibe el mejor de los cuidados diariamente, además del infinito amor de sus nietos. Confesó que el mayor legado para sus siete hijos es haberles enseñado el amor y el respeto hacía los demás, y el valor de las cosas.

"Cada vez que iban a su lugar de trabajo bendecía a todos mis hijos y les decía que vayan con alegría. Les digo que siempre tienen que ser agradecidos con lo que uno tiene. Yo vivo bien. Me cuidan mucho y estoy feliz"

 
 

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