La moto, a 150 km/h, me llevaba a la gloria... cuando la discapacidad me recibió

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Esta es una historia de ficción: Cuando la locura y la adrenalina se fusionan, las decisiones que uno toma pueden costar la vida. Soy Sebastián y mi motocicleta fue mi compañera en aquella carrera clandestina que me dejó con una marca para toda la vida.

Me llamo Sebastián, tengo 19 años; en mi casa yo era, entre mis cuatro hermanos, el más insoportable. Tal vez, porque no obedecía las palabras de mi mamá o porque mi carácter era pesado y eso me hacía cometer varios errores, algunos leves y otros graves.

Recuerdo que mi primer sueldo lo invertí en una motocicleta, pues anhelaba con el alma este medio de trasporte. A mi mamá no le parecía una buena decisión, porque, a pesar de mi mal comportamiento, ella se preocupaba por mí y me decía que una moto es peligrosa, pero, como siempre, no le di importancia a lo que dijo.

Por un momento pensé que era bueno en tomar decisiones, pero cuando me dejo llevar por mis amigos, la presión que siento para "encajar" entre ellos es más fuerte que mi propia voluntad. Un sábado por la noche, el cumpleaños de un conocido se tornaba en mucha diversión hasta que después de unas copas pasadas, un grupo decidió apostar 50.000 guaraníes en quién ganaba una carrera desde la avenida Acceso Sur hasta el bar en donde estábamos.

Me pareció una idea loca pero atractiva, pues yo tenía mi motocicleta y no había nada mejor que lucirme y ser el ídolo entre mis amigos; así que, con orgullo, levanté la voz y dije que me sumaba a la carrera. Me sentía un ídolo, porque todos me admiraban y eso hacía que mis ganas de jugar aumentaran; decididamente, aposté 100.000 guaraníes para la carrera.

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Aquel suicidio inconsciente me generó mucha adrenalina. El momento de hacer una carrera clandestina por Acceso Sur estaba por comenzar, éramos tres los locos que decidimos jugar; aún estando sobrio, escuchaba una voz de fondo que descontaba desde el número tres hasta el uno.

Estaba sobre mi moto, a gran velocidad, mientras que el fuerte viento chocaba por todo mi cuerpo, me sentía un "capo" como se les dice a los que encajan. En esa carrera yo no tenía casco protector ni chaleco de luz y mi corazón palpitaba tan rápido que desesperaba, pero era más aún el miedo cuando veo pasar un auto hacia mi camino.

Lo último que recuerdo fue que vi la luz de un auto y mi cuerpo se debilitó instantáneamente. Tirado en la calle con sangre a mi alrededor, sabía que tuve un accidente aún estando inconsciente; desperté en el hospital de emergencias. Pasaron las horas, mi mamá llorando por lo que había pasado y por las consecuencias, pues abrí los ojos para ver cómo una de mis piernas estaba destrozada.

"Pollada solidaria" eran las palabras de una pancarta colgada por mi casa. Por un error que cometí, por culpa de una carrera clandestina que me consumió, mi familia está haciendo lo posible para conseguirme una prótesis que hoy me hace falta después de aquel accidente. La gloria del triunfo no llegó; lo único que gané fue mi ingreso al mundo de los discapacitados.

Por Ezequiel Alegre (18 años)