Las drogas se apoderan poco a poco del sector más joven y vulnerable de la sociedad para incrustarse en vidas que apenas se están iniciando y, de esta forma, arrancan de raíz el futuro de la sociedad. Los centros educativos son, a veces, los lugares donde el vicio atrapa a los estudiantes, pues estos encuentran a vendedores ubicados en lugares cercanos a la institución que ofrecen las sustancias a diestra y siniestra.
Negar esta realidad resulta semejante a querer tapar un elefante con un pañuelo de papel. Desmentir el hecho de que, algunas veces, los mismos alumnos se convierten en los responsables de que sus compañeros caigan en las drogas es, al mismo tiempo, hacer la vista gorda ante algo que sucede habitualmente.
Los cateos realizados por la Senad, con la aprobación del ministro de Educación, Eduardo Petta, lejos de ser métodos fascistas de represión, son la consecuencia de una comunidad de padres preocupados y desesperados por saber en qué andan sus hijos. Asimismo, el resultado de las requisas no se dio a conocer, no se reveló la identidad de ningún menor de edad y, por lo tanto, no se violaron derechos.
Es cierto que nadie tiene derecho a revisar las pertenencias de un alumno y, mucho menos, a acusarlo de algo sin pruebas; sin embargo, ante la preocupación de los padres y la sospecha de los docentes, lo más sensato sería comprobar si, entre los estudiantes, hay portadores o, incluso, vendedores de estupefacientes.
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Los padres suelen advertir a sus hijos acerca de los peligros que se encuentran fuera de la institución, sin tener en cuenta que, ahora, el baño del colegio puede ser un punto de intercambio de drogas. En algunos centros educativos, los alumnos saben perfectamente en qué esquina o en qué local se pactan los acuerdos para conseguir los estupefacientes.
Muchas veces, cuando hay un "pez gordo" entre los alumnos, no hay padres ni docentes que tomen cartas en el asunto sobre el hecho. De esta manera, se crea una situación de miedo que, injustamente, quebranta el ambiente que se considera propicio para una buena educación. Por esta razón, los alumnos intentan tener buenas relaciones con los microtraficantes y no acusan a los mismos.
Mientras no se revele la identidad de ningún alumno, manchando su nombre, y siempre y cuando no se proceda con violencia, los cateos pueden ser beneficiosos para la comunidad educativa. Teniendo en cuenta el peligro que representan las drogas, muchos padres y docentes están de acuerdo con tomar medidas preventivas, aunque estas parezcan drásticas y generen indignación en redes sociales.
Al menos, después del susto, los estudiantes pensarán varias veces antes de consumir drogas dentro de la institución o distribuirlas, en el peor de los casos.
Por Belén Cuevas (16 años)
