Las manos del albañil construyen casas y los sueños universitarios de la hija

Este artículo tiene 7 años de antigüedad
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Esta es una historia de ficción: Cada madrugada, comienza para mí otra jornada laboral como albañil. Aparte de cimentar en las obras, también terminé de construir mi felicidad en el momento en que mi hija me entrega su libro de tesis en mis manos.

Son las cinco de la mañana, la alarma no para de sonar, ya tengo que levantarme para ir a trabajar. Preparo mis herramientas y las pongo en el balde, le doy un beso en la frente y las bendiciones a mi hija Marisol antes de salir. Espero que Dios ilumine su mente en un día más en la universidad.

Parece fácil hacer una mezcla de arena, agua y cemento para la casa que estamos construyendo, pero la verdad es que la espalda me está por reventar. El fin de mes se encuentra a la vuelta de la esquina y si pago la cuota de la universidad de Marisol, no me va a sobrar plata para la comida de mañana. Vuelvo a casa, agotadísimo como siempre, pero con la motivación latente de ver a mi futura enfermera, estudiosa y sonriente.

Suena la alarma de las cinco y agradezco a Dios por un nuevo día; sigo remando jornada tras jornada, como siempre, cada vez extraño más a mi amada Blanca, pero yo sé que me estará orientando desde el cielo. Marisol necesita comprar unos artículos para su práctica de mañana, hoy debo conseguir dinero como sea.

Mi televisor, de más de 15 años de antigüedad, es lo primero que se me ocurre empeñar. No es la gran cosa pero sigue teniendo algún mínimo valor. Me dieron unos 150.000 en la casa de empeños, suficiente para comprar los artículos que necesita Marisol y salvar los próximos días antes del cobro. Mi niña esta más cerca que nunca de su preciado título y en gran parte depende de mí, no puedo defraudarla.

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Tantas noches de desvelo y trabajo con Blanca, innumerables lecciones de buen comportamiento y el cariño como la protección para Marisol se recompensarán en una sola noche de entrega de títulos. Será un sueño hecho realidad.

“Jaku'eke lo mitã” grita en el fondo uno de mis compañeros, con justa razón, porque estamos apunto de concluir la obra. Con lo que cobro, podré ayudar a Marisol a pagar, al menos, la cuarta parte del costo de su tesis, luego ya se me ocurrirá algo para completar lo que falta. De repente, siento que alguien me toca el hombro, doy la media vuelta y es mi querida niña Marisol.

Elegante, hermosa y con un libro en la mano me dice: “Papá, no hubo un solo día en que vos y mami no hayan sido mi mayor motivación para salir adelante. Hoy tengo la satisfacción y el orgullo infinito de entregarte mi libro de tesis; ya no tendrás que desvelarte por las cuentas, me contrataron en un hospital privado y con mi primer sueldo te ayudaré a cubrir todos los gastos pendientes”.

“Gracias por las innumerables lecciones de vida, por tantos abrazos y demostraciones de cariño, protección y amor. Pero, por sobre todo, ¡gracias por ser mi papá!".

Por Ricardo Núñez (19 años)