Tan solo tenía ocho años, cuando en una mañana, mi mamá me despertó muy temprano con el fin de que la ayudara a preparar mis maletas. Como todo un mita`i curioso, le hice varias preguntas sobre adónde iríamos, ya que, ni enterado estaba, del viaje que iba a realizar con ella; con una sonrisa en su rostro, me dijo “vas a conocer Argentina”.
El solo hecho de crear en mi mente una idea, de lo que sería esta aventura, me emocionaba bastante y, sin duda alguna, las ganas de llegar a la Argentina me tenían muy inquieto. Después de un largo viaje, llegamos a Buenos Aires, pero lastimosamente ya era de noche y no pude visualizar mucho la belleza de aquella ciudad.
El viaje fue largo, llegamos muy cansados y mi mamá solo pensaba en dormir, mientras tanto yo, me sentía ansioso porque amanezca, para de esa manera, salir a jugar en el parque que vi cerca del barrio donde nos quedamos. Como cualquier niño, mi mente se centraba en pura diversión; la sonrisa que llevaba en mi rostro era enorme; sin embargo no me imaginaba la sorpresa que iba a encontrar, al querer compartir con otros niños de ese lugar.
No sé cómo sucedió, pero de un día para otro, todo el barrio Muñiz se enteró de que había dos paraguayos que se encontraban viviendo en ese lugar: mi mamá y yo. “Váyanse de acá”, “paraguayo burro, inútil e indio”, “vuelvan a su país”, “acá nadie les quiere”, fueron algunas de las tantas burlas e insultos que recibía cuando intentaba salir al patio, ir a la despensa, jugar en el parque e, incluso, al asomarme a mi ventana.
El corazón me dolía, pues sentir tantos rechazos lastimaban mis sentimientos, tanto así que un día me pasé llorando en mi habitación y lo único que deseaba, era volver a mi tierra guaraní. En las calles, cuando mi mamá me ocupaba, debía estar alerta, ya que si algún chico me veía muy cerca, me insultaba o se burlaba. En un caso extremo, recuerdo que mi pelota, con la que jugaba en el patio del fondo, sin querer salió a la calle, cuando fui a buscarla, unos jóvenes se acercaron a mí y empezaron a golpearme.
Quién lo diría, fue decepcionante, doloroso e inimaginable, que a mi corta edad, ya sufriría el rechazo de algunas personas. Pasé varios días encerrado en mi habitación, sin saber lo que realmente es disfrutar de un viaje fuera de tu país; todo eso que yo me imaginaba, que iba a realizar allí, terminó siendo una niñez aventurera, que se vestía de cuatro paredes, por el miedo que tenía de salir afuera y ser discriminado.
Una tarde, vi llorar a mi mamá, me pidió que me acercara a ella y entonces me dijo: “Perdón por traerte a este infierno”, me abrazó muy fuerte y agregó, “vamos a volver a Paraguay” y en ese preciso momento sentí que recuperé mi felicidad. Por Fabián Gómez (18 años)
