¿Qué tan “cuarto de oro” tenés que dejar de ser para convertirte en hurrero?

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¿Cuánto basta para agachar la cabeza, obedecer órdenes e ir a apoyar a autoridades cuestionadas? Para algunos hurreros es suficiente con unos pocos billetes de cien mil, mientras que otros no se contentan con menos que un cargo en la función pública.

Un gran número de personas se conglomeró en la plaza frente al Congreso Nacional para expresar su apoyo al senador colorado Javier Zacarías Irún y a su esposa, la intendenta de Ciudad del Este, Sandra McLeod, quienes se encuentran investigados por enriquecimiento ilícito. Una de las señoras presentes mencionó que ellos “no son hurreros” y que habían decidido trasladarse desde la ciudad esteña hasta Asunción por cuenta propia.

Si recorrer más de trescientos kilómetros, vestir la característica remera de color rojo con pañoletas a tono y traer carteles que expresen “Queremos que se respete nuestro voto” y “Fuerza senador ZI” no cuentan como ser “hurrero”; entonces, ¿cómo se puede denominar a estas personas?

Lo mismo sucedió con las comitiva de bienvenida que recibió en la madrugada del jueves al exdirector de Migraciones, Julián Vega, quien regresó a nuestro país tras haber ocasionado un bochorno en Taiwán, ya que el mismo tocó indebidamente el muslo a una traductora y se excusó diciendo que tal acción “es parte de nuestras costumbres”.

Una de las señoras presentes en el aeropuerto se preguntó cuál era el inconveniente mencionando: “Icuarto de oro mba'eiko oreko, itatu de oro mba'epiko la tanto problema ocrea haguã enterove upea?”. ¿No tienen vergüenza estas personas que se atreven a defender lo indefendible, naturalizan este tipo de comportamientos y hasta se toman el tiempo de ir a recibir a una persona que fue denunciada por acoso sexual?

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¿Será que los individuos que fueron a expresar su apoyo a Zacarías Irún y a Julián Vega son parte del “no hay peor ciego que el que no quiere ver” o realmente creen en la inocencia y en la buena gestión de sus autoridades? Tal vez, ni siquiera les importe. Quizás, para ellos la lealtad hacia las personas que estuvieron repartiendo un poco de dinero durante las campañas políticas sea el único valor que realmente tengan en cuenta, porque de idealismo, honestidad y transparencia es mejor ni hablar.

¿Qué tanto tiene que beneficiarte una autoridad para que agaches la cabeza y te sometas a órdenes absurdas? ¿Un puesto en la función pública es suficiente o con billetes de cincuenta y cien mil a cambio de repetir “hurras” como un lorito basta?

Si realmente no te considerás un hurrero que solo se inclina ante el poder de turno, no deberías venderte y, mucho menos, doblegar tus ideologías y opiniones personales para salvar a aquellos que, sin que te des cuenta, te sacan el pan de la mesa y envían a sus hijos a estudiar al extranjero con plata robada al pueblo.

Por Fiona Aquino (18 años)