Este es un relato de ficción: Me costó asimilar el hecho de que estaba embarazada. Tenía la esperanza de que mi novio me dijera que todo iba estar bien, que él no me abandonaría y le demostraría al bebé que lo amaba de la misma manera que lo hacía conmigo.
Ansiosa, casi desesperada, fui a la empresa donde él trabaja para contarle lo que sucedía. Le di la gran noticia y su rostro cambió, se puso pálido y, con los ojos desorbitados, me dijo que debía elegir entre mi hijo y él. “En estos momentos, el trabajo y el estudio ocupan todo mi tiempo; un hijo solo complicaría las cosas; no podemos tener un bebé ahora”, expresó, con la voz temblorosa a causa de los nervios. Me pidió que me deshiciera del bebé, porque había otras prioridades que atender.
De alguna forma, lo entendía, pues apenas tres meses atrás habíamos conseguido instalarnos en un departamento. Ambos trabajábamos de día y estudiábamos por la noche. Los planes que trazamos consistían en obtener nuestros respectivos títulos, luego casarnos y los hijos vendrían después, cuando ya estuviéramos completamente estabilizados. Es verdad, fuimos muy irresponsables por no haber tomado las precauciones debidas en nuestras relaciones, pero me dolía el alma con solo pensar que iba a perder a mi bebé.
Salí de la oficina de Gabriel con el corazón en un puño y el rostro desencajado. Como una autómata, me dirigí hasta el departamento. Cuando llegué, descargué todo mi sufrimiento: lloré y lloré hasta que mis ojos quedaron secos. Me sobresalté cuando el celular empezó a sonar y la esperanza volvió a resurgir cuando vi que se trataba de mi novio.
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Rogaba que Gabriel hubiese recapacitado y me dijera que nos apoyaríamos mutuamente, enfrentando juntos el desafío de ser padres. ¡Cómo me equivoqué! Solo me llamó para darme el nombre de una “clínica” donde podía “solucionar” el problema.
¿Cómo Gabriel podía ser tan insensible? En ese instante, le odié. Comprendía el miedo que él sentía, pues yo también estaba así, pero la palabra aborto se me atascaba en la garganta por el horror que me producía. Mis padres me habían inculcado el amor por la vida y, ahora, yo iba a deshacerme de mi propio bebé.
Ahora estoy acostada en la camilla, en la “clínica”, esperando que el médico proceda a sacarme al ser que llevo en las entrañas. No sé si solo son alucinaciones mías, pero puedo sentir una suave voz en mi interior que me ruega: “¡Mami, no dejes que me maten!” “¿Acaso no me querés como yo a vos?”. No lo pienso dos veces antes de decirle al médico que se detenga.
La decisión está tomada: voy a ser madre. Antes de que pueda levantarme de la camilla para volver a casa, escucho un alboroto detrás de la puerta y veo a un Gabriel desesperado ingresando a la habitación. Sus ojos lucen atormentados y, sin darme tiempo a decirle que no pienso deshacerme de mi hijo, él se arrodilla a mi lado, empieza a llorar y me dice: “Perdoname, por favor. Estaba muy asustado, no sabía qué pensar. Estoy avergonzado, decime que no abortaste, por favor”.
Puedo jurar que las palabras de Gabriel se oyen por toda la “clínica”. Él está temblando y yo quiero desmoronarme en su sufrimiento para que sienta lo mismo que yo sentí cuando me pidió que abortara. Sin embargo, con las fuerzas renovadas, le digo que amo a mi bebé y lo voy a tener sea como sea.
La mirada de Gabriel se apacigua y me levanta para darme miles de vueltas sobre su propio eje, me besa todo el rostro, llora y ríe a la vez. Si hubiera reaccionado así antes, nos hubiéramos ahorrado mucho sufrimiento, pero el miedo a veces nos induce a cometer actos avergonzantes.
Durante el trayecto a casa, mi novio y yo prometemos apoyarnos en este nuevo desafío de ser padres; el panorama se presenta muy difícil, pero el milagro que llevo en el vientre nos dará la fuerza necesaria para salir adelante y cumplir nuestros sueños. Caminaremos juntos con un nuevo proyecto: el de aprender a ser padres. Antes éramos una pareja; ahora somos una familia.
Por Viviana Cáceres (18 años)
