Viaje en bus: acompáñenme a ver esta triste historia

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Cuando viajás en colectivo, tenés que lidiar con los vendedores ambulantes, el rapero que improvisa y los empujoncitos que das hasta llegar al timbre. Estas situaciones te producen tortícolis; por eso, una vez que te bajás, decís: ¡uf, qué alivio!

Te levantaste súper tarde y sabés bien que no vas a llegar a hora al trabajo. Por eso, te preparás a toda bala y salís corriendo para tomar el colectivo. Cuando ves que a lo lejos se acerca tu bondi con una cantidad desbordante de pasajeros, te empezás a desesperar. Ni modo, no podés darte el lujo de hacerlo pasar, así que le hacés la para.

Lastimosamente, el chofer no te vio o tenía muchas ganas de ignorarte, así que pasó de largo y vos te quedaste con el brazo extendido y la humillación pintada en la cara. Tratás de evitar la mirada de los demás y reprimís tus ganas de comportarte como un niño que zapatea porque no le hicieron caso.

Por suerte, la vida te da otra oportunidad y el siguiente colectivo ya te da pelota. Este bus también está tan repleto que tenés que irte en la estribera nomás, hasta que escuchás la famosa frase del chofer: "Más hacia el medio, por favor". Te abrís paso entre las personas y sentís que te ahogás de tan apretados que van entre todos.

Con el calor, empezás a sudar y la camisa se te pega al cuerpo. Vos tenés unas ganas inmensas de llegar a tu destino, pero, con el paso de tortuga que llevan por culpa del tráfico, la espera se hace eterna. De a poco, el bus se vacía y por fin avanza un poquito más rápido. Cuando te bajás, soltás un largo suspiro contenido y te hacés la promesa de que vas a ahorrar hasta el último guaraní a fin de comprarte un autito.

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Una historia similar se repite a la salida del laburo, solo que ahora tu mal humor se multiplica, pues estás muy cansado y lo único que querés es llegar a tu casa para tirarte a la cama. La cachaca que pone el chofer y el llanto de una criatura hacen que tu malestar aumente. Pensás que todo se va a solucionar apoyando tu cabeza en la ventanilla, pero te sentís con la obligación de cederle tu asiento a una de las tantas señoras que se suben en el bus con un montón de bolsones.

Para completar la montaña de incomodidades, en fila se pasean los vendedores ambulantes que empiezan a hablar al mismo tiempo. Pero la historia no acaba ahí, porque después se sube un muchacho que empieza a improvisar al ritmo del rap. Vos, que querías pasar desapercibido, te convertís en el foco de atención cuando el chico hace una rima acerca de tu pelo marrón y tus dientes de ratón.

Definitivamente, viajar en colectivo es toda una hazaña. Te quejás del calor, de la gran cantidad de personas que van apretadas, el ruido y las frenadas bruscas que pueden sacarte volando por la ventanilla. Pero, ¡no te deseperes! Cuando tengas tu coche, la odisea de andar en bus solo será una anécdota más.

Por Viviana Cáceres (18 años)