“Y el séptimo día, descansó”, pero no hay domingos ni feriados para una madre

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Esta es una historia de ficción: Una madre lleva en el brazo un canasto que contiene la esperanza de alimentar a sus hijos. La larga caminata y el sol ardiente del domingo no detienen a Carlota, quien lucha para subsistir y dar lo mejor a su familia.

El sol en su punto más alto, el asfalto ardiendo y la extraña sensación de estar al borde del desmayo no eran suficientes para detener una caminata que se había emprendido horas atrás. Aún con gotas de sudor cayendo sobre sus párpados, doña Carlota ofrecía con mucha amabilidad los productos de limpieza amontonados en su ajaka, de la misma forma que habían estado las chipas el día anterior y las empanadas una semana atrás.

Ella vendía “de todo un poco”; un día preparaba sándwiches, al siguiente empanadas y en la semana conseguía choclos para preparar el chipa guasu que tanto gustaba a los clientes. La variedad de sus productos era, secretamente, una técnica para no cansar a sus compradores y sorprenderlos siempre con un nuevo e irresistible manjar.

Este era el día que doña Carlota había asignado para los productos de limpieza y los cosméticos. Los domingos, después de la misa, cuando las familias preparaban el asado o ya se disponían a disfrutar del tallarín, la vendedora seguía su acostumbrado sendero para conseguir unas moneditas adicionales y no estar tan apretada en la semana.

"Los domingos son días de descanso, mamá", le dijo una vez su hija, mientras veía a su progenitora cerrar el portón e irse con su canastito de mimbre bajo el brazo derecho. Más fuerte y desesperante que el canto de cualquier cigarra, la frase "hija, el hambre no descansa", retumbaba en la mente de doña Carlota. Pero, bueno, no había por qué mortificar a nadie con aquellas preocupaciones, ¿verdad?

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Años atrás, las cosas estaban mejor, según lo que Carlota recordaba. Pasaba todas las semanas en un barquito al lado argentino y volvía, de la misma forma, con un montón de ropas y calzados que vendía en un puestito que poseía en el mercado de San Lorenzo. Pero, por artimañas del destino, el contrabando conspiró contra ella y, un día, toda su inversión fue a parar a las manos de algunos inspectores.

La mujer empezó a planchar la ropa de sus vecinos; en ocasiones iba a sus casas, pero la mayor parte del tiempo recogía las vestimentas y las llevaba a su hogar para realizar la labor con más tranquilidad. Este trabajo no le agradaba, ya que la desvalorización a la que se veía sometida por las personas que solicitaban sus servicios hizo que durara tan solo unos meses. “La pobreza no te quita la dignidad” era el lema de esta señora.

Ese domingo, en especial, salió de su camino habitual, ya que había escuchado comentarios de sus vecinos, en los que predominaba un tono de lástima. Su trayecto se desarrollaba en un barrio cercano al suyo; al final de una calle, en una casita muy parecida a la de ella, se encontraba una familia sentada alrededor de una mesa pequeña. La dueña de aquella casa la llamó para comprarle algunas botellas de detergente, mientras el marido salía a su encuentro con un vaso lleno de agua fría.

Con la satisfacción de haber vendido todos sus productos y de encontrar en su camino una familia que compartía su lucha, Carlota llegó a las nueve de la noche cansada, pero con ánimos de iniciar el lunes otra jornada que le permita seguir luchando por sus hijos.

Por Belén Cuevas (16 años)