El ambiente político tóxico retrasa el despegue y espanta las inversiones

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El tóxico ambiente político retrasa el despegue de los países de la región. El aire nocivo vuelve a contaminar nuestro país después de mucho tiempo con el debate instalado sobre la reelección presidencial. Este jaque cíclico a la institucionalidad repercute y echa un manto de sombras sobre los esfuerzos realizados desde el sector público y privado para atraer la inversión extranjera.

El gobierno de Horacio Cartes comenzó con el pie derecho en su ambición de reinsertar al Paraguay en el mundo, formalizar la economía y generar fuentes de trabajo para la mano de obra paraguaya, la más joven del Mercosur.

El camino estuvo abonado cuando llegó en 2013. Los desastrosos resultados de los gobiernos bolivarianos que nos rodeaban beneficiaron en forma rotunda al Paraguay, el único país de la región que no cayó vencido por el populismo prebendario, el que casi lleva a la quiebra a nuestros grandes vecinos.

Sacar partido

Era hora de sacar partido y así lo hizo Cartes enviando a sus mejores emisarios al exterior para hacer sonar el nombre de una nueva nación dejando atrás aquella conocida por su pobreza, corrupción, golpes políticos y militares y ninguna garantía de estabilidad para el capital.

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El exitoso empresario, un outsider, causó gran expectativa en el mundo internacional de los negocios. Fue recibido una y otra vez por importantes líderes mundiales. Lo ayudó su conocimiento de idiomas, respaldado por profesionales de vasta trayectoria en sus rubros respectivos, formados en prestigiosas universidades de EE.UU., Reino Unido y otros países de Europa.

Instituyó la ley de transparencia y libre acceso a la información pública. Se trabajó activamente en la promoción de las inversiones. Ingresaron 80 nuevas empresas bajo el régimen de maquila. Se insertó en el exclusivo Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Impuso las becas “Carlos Antonio López” para que los posgraduados vayan a perfeccionarse en las mejores universidades de Europa y Estados Unidos.

Hubo osadía para arremeter ante el mundo y presentar la otra cara de ese viejo país aldeano y adormilado congelado en el tiempo.

Viejos fantasmas

Pero al cabo de tres años reaparecieron los viejos fantasmas que lo atan a su pasado triste y cansino en el que las privilegiadas castas políticas y económicas deciden patear el tablero para que todo lo que se construye se desmorone como un castillo de naipes. Ellos se encargan de crucificar el futuro creando escenarios de irracionalidad para que todo vuelva a ser como antes.

En estos tiempos de globalización, cualquiera tiene acceso a la actualidad política, económica y financiera de los países más lejanos del mundo.

No cuesta nada cliquear “Paraguay” en Google para comprobar si rige la “transparencia”, “libre información pública”, “garantía” jurídica a las inversiones, garantía contra la delincuencia o si el país se debate entre el quiebre y la violación de la Constitución y las leyes.

Margen de error cero

Por su condición mediterránea y su eterna inestabilidad política, Paraguay tiene margen de error cero para su despegue. Países sin costa como el nuestro sufren de sobrecostos logísticos en comparación a los países costeros. Podemos presumir de bajos niveles de inversión para producir y ganar, de un régimen fiscal más soportable a pesar de la gran informalidad que todavía campea, pero no hay argumento que pueda sostenerse ante la inestabilidad y la incertidumbre políticas.

Nuestro país no consiguió sacudirse de la lista de los países más corruptos, mezclado con Venezuela y Haití. La inseguridad jurídica apunta directo a la probidad moral de la Corte Suprema.

El perjuicio que causan las remanidas disputas por el poder que excede todas las reglas, producen un perjuicio tremendo. Echa por tierra el ímpetu de los amigos del Paraguay que se empeñan por posicionarlo en la dirección correcta.

“Se deben aprovechar los momentos. Nadie puede darse el lujo de quedar atrás”, dijo en un mensaje frente al presidente Cartes, el que fuera ministro de Economía de Francia (hasta agosto pasado), Emmanuel Macron, actual candidato a presidente de Francia, durante un foro en OCDE en París, a mediados del año pasado.

OCDE, de 35 “exclusivos” miembros, dos de ellos de América Latina (Chile y México), es también conocido como “Club de los Países Ricos”, uno de los foros mundiales más influyentes que analiza y establece orientaciones sobre temas de relevancia internacional como economía, educación y medio ambiente. Ayuda a los gobiernos a fomentar la prosperidad y luchar contra la pobreza mediante el crecimiento económico y la estabilidad financiera. Como es de suponer, por OCDE transitan prestigiosas personalidades del mundo político, económico y educativo como Macron, exministro estrella de Francois Hollande, líder de una nueva izquierda moderna con ribetes liberales.

“¿Por qué no aprovechamos los buenos años para aumentar la productividad, crecer y aumentar las expectativas de nuestros ciudadanos?”, propone.

Paraguay tuvo sus buenos años para destacarse. Tal vez lo sigue teniendo.

A pesar de sus escándalos de corrupción, rapiña, la trampa y la impunidad de sus gavillas dominantes, el país multiplicó por ocho su PIB en 25 años gracias a una economía con mayor responsabilidad fiscal, control de la inflación y un escenario más propicio para la inversión

La revolución industrial no llega

Pero la revolución industrial no llega o sus destellos se reflejan tarde. El impacto de las innovaciones tecnológicas no se manifiesta, el servicio de las telecomunicaciones es mediocre, la abundancia de energía eléctrica es intrascendente (los apagones están al acecho cada día), ni hablar de la picardía de nuestros socios para escamotear el pago por la venta de energía. A cualquier extranjero le llama la atención la basura arrojada en las calles y avenidas, la polución ambiental y visual o el contraste y el desorden en el transporte entre buses nuevos y los antiguos de 40 años que lanzan humo negro.

¿Qué va a pasar?

Los analistas diplomáticos preguntan en forma insistente “qué va a pasar” en el país, inquietos, descolocados por esta discusión sobre las reglas de juego de nuestra democracia, un tema que ya parecía finito.

Los planes y agendas de los equipos técnicos se retrasan o se mantienen en stand-by. La desconfianza y la tensión se apoderan de nuestros interlocutores.

Los problemas estructurales son los mismos de tres décadas atrás: alta desigualdad, informalidad, importantes niveles de corrupción, sistema judicial deficiente, sistema fiscal ineficiente.

En aquella reunión de París, Macron recomendó aprovechar el momento para acrecentar la productividad, diversificar la economía, invertir en investigación.

“Los talentos deben poder circular, ir y venir hacia y desde nuestros países”, aconsejó. Dijo que son pocos los países que mandan a sus jóvenes a refrescar sus conocimientos a los países desarrollados, ni el 10% de los latinoamericanos.

Pide desarrollar la infraestructura (reforzar las asociaciones público-privadas con reglas estables y equilibradas de largo plazo), potenciar los sistemas de salud, la economía creativa e insiste en la innovación.

Pero el economista francés lo dice dirigiéndose a un ámbito donde las reglas de juego son bien claras y funcionan como el reloj, no a uno de clima inestable e incierto, el escenario tenebroso al cual nos arrojan cada tanto nuestros políticos.

holazar@abc.com.py