–¿Qué es la Compañía de las Obras?
–Es una asociación empresarial no lucrativa nacida en Italia y que reúne a más de 35.000 asociados, empresas, oenegés, colegios..., que intenta promover el espíritu de mutua colaboración y asistencia entre sus socios, para valorar mejor los recursos humanos y económicos.
–¿Cuál es su objetivo?
–Surge por la libre iniciativa de jóvenes licenciados y empresarios que, siguiendo la senda de la presencia de los católicos en la sociedad italiana y a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, han querido promover y proteger de un modo digno la presencia de las personas en el contexto social y en el trabajo, y también la presencia de obras y empresas en la sociedad, para favorecer una concepción del mercado y de sus reglas que permitan comprender y respetar a la persona en todos sus aspectos. Formamos directores y gerentes, grupos y sociedades multinacionales, pequeñas y medianas empresas. Promovemos las pymes a través de una Escuela de Empresas. Nuestra prédica en todo el mundo es darle sentido al trabajo y cómo volver a descubrirlo.
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–Usted proclama que la empresa no es solo ganancia. ¿Cómo es?
-Tiene que ver con una contradicción existencial. Muchos ven y viven el trabajo como una condena, como una especie de desgracia inevitable ante la cual uno no tiene más remedio que rendirse cuando no consigue evitarla. Por otra parte, se vive el trabajo como una exaltación emotiva, sobre todo en los momentos de éxito. Algunos lo viven incluso como una droga, para caer después en una profunda depresión. La pregunta que debemos hacernos es entonces: ¿cómo es posible vivir el trabajo como un sujeto libre, que no depende de las circunstancias, sino que es capaz de afrontarlas? El trabajo, sea en los momentos difíciles o no, es la posibilidad de hacer el bien. El trabajo no es una obligación.
–¿No?
–No. Es una posibilidad de vivir bien y hacer el bien. Nosotros tenemos que redescubrir todos juntos esta dimensión del trabajo. Tiene que ser vivido como un servicio...
–“El que no trabaja, que no coma”, dice (San Pablo)...
–Lo que quiero decir es que si nosotros vivimos bien nuestro trabajo con respecto a nuestro cliente, a nuestros compañeros, creamos relaciones diferentes y estas relaciones son las que comienzan a cambiar el ambiente en el cual vivimos. Si nosotros vivimos el trabajo quejándonos siempre de lo que hacemos, no ayudamos a crear el ambiente que necesitamos para que las cosas salgan bien.
–¿Cómo se puede trabajar pensando en el bien común sin priorizar los intereses personales? –Se crean las condiciones para que cada persona pueda sacar lo mejor de sí misma, libremente, responsablemente. No se puede incurrir en un asistencialismo falso sustituyendo la responsabilidad de las personas. Pero también debe haber reglas claras y transparentes. No es posible fortalecer una sociedad civil sin responsabilidades personales. Y este es un problema educativo y cultural. Si esperamos que la política por sí sola nos salve, vamos a desnaturalizar la política. Lo mismo sirve para la economía. La economía no puede salvar el mundo pero puede y debe crear mejores condiciones para vivir. Tenemos un gran problema cultural que enfrentar. Tiene que ver con las relaciones entre las personas.
–Estamos en un mundo individualista: cada uno para sí y Dios para todos...
–Claro. Se subvalora a las personas y su incidencia en la sociedad. Existe una gran tentación. Cuando no podemos resolver enseguida un problema, o nos resignamos o le echamos la culpa al otro. Por eso es que tenemos que trabajar juntos. No es fácil. Se requiere de una gran virtud para hacerlo. Hay empresas que hacen esfuerzos para innovar constantemente. Si miro a alguien mejor que yo, o una empresa mejor que la mía, todo eso me reclama cambiar. Si miro solo lo que no funciona eso me da una excusa para no cambiar.
–La desigualdad es muy grande en nuestra región. Se atribuye a la irresponsabilidad de nuestros gobernantes. Expresidentes están con juicios por corrupción, por colusión con empresarios...
–Hemos visto que las ideologías no cambian el mundo. Algunos de esos líderes por poco no llevaron a sus países a la quiebra. Entonces, qué nos enseña esto: que el cambio debe venir de la sociedad civil. Entonces, la pregunta es: ¿depositamos toda nuestra esperanza en la política o depositamos la esperanza en las personas que día a día pueden construir una sociedad civil diferente? Yo no quiero minimizar el papel de la política, pero quiero decir que de la misma manera tenemos que potenciar a la sociedad civil. Es cierto, hay empresarios aprovechadores. Vemos también que hay corrupción, colusión con funcionarios, pero vemos también que hay muchos empresarios que no explotan, que no están corrompidos. Eso significa que es posible. Hay empresarios muy solidarios que, aún con pocos recursos, dan trabajo a las personas en los momentos difíciles, que no ven a las personas como masas a las que hay que administrar. Más bien se comportan como personas que hacen de su negocio un servicio. Tienen dentro de sí un deseo de ser útiles a la sociedad. No podemos traicionar ese deseo.
–Al contrario, el empleado tiene formada la idea de la explotación de su mano de obra por el patrón...
–En la experiencia cristiana se entiende ese deseo del hombre de servir, cualquiera sea su posición en la sociedad. Europa nació de esa experiencia, también América Latina. Nosotros estamos embarcados en esa misión de ayudar a crear organizaciones donde las personas contribuyan responsablemente a la creación de bienes y servicios. La responsabilidad personal no siempre es fácil. Juan Pablo II decía que el hombre se crea a sí mismo a través del trabajo. El fin del empresario no es solo ganancia. La rentabilidad es una herramienta, no un fin. Este cambio entre instrumento y fin creó mucho daño. La empresa tiene una gran responsabilidad social. Tiene que crear bienes y servicios que le permitan estar en el mercado, crear ocupación, involucrar a los jóvenes.
–La empresa tiene que tener utilidades para que funcione... –De hecho, dije que la ganancia es importante pero el beneficio debe servir para hacer crecer la empresa. Debe ser un instrumento. La ganancia tiene que volver a ser invertida. El fin es crear el bien, no llevarse la ganancia.
–Se suele hacer una asociación, errónea o no, del rico con el ladrón. ¿Por qué?
–Yo conozco personas muy ricas que hacen un gran bien al mundo, que utilizan todas sus habilidades para hacer crecer bien su empresa, que crean ocupación y que hacen mucha beneficencia. Por eso digo, el trabajo no es una obligación. Es un instrumento para estar satisfecho como persona que forma parte de la sociedad. Dentro de cada persona hay un deseo de hacer el bien, de hacer cosas útiles para los demás. Si ese no es el motor de nuestra vida, entonces de qué sirve transformar el mundo. Volveríamos a la antropología de Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”. Hobbes da por básico el egoísmo en el comportamiento humano . Eso significa que las personas no están hechas para hacer el bien, que son malas por naturaleza y que no hay ningún remedio ni alternativa. Apunta a que todos tenemos tendencia a ser corruptos, egoístas, y que los hombres, para una convivencia, tenemos que ser regidos cada vez por reglas y más reglas.
–¿Y no es así?
–Yo digo que en las relaciones políticas y sociales tiene que haber pocas reglas pero muy claras y transparentes que permita a todos expresar su deseo de ser útiles a la sociedad. lo que pasa es que los adultos estamos creando un mundo de hipocresía en el que nadie más cree. Ese es el gran cambio cultural al cual todos podemos contribuir. El que trabaja en la oficina, el político, el empresario tenemos que buscar la realización a través del mundo del trabajo, como dice el papa Francisco. El propósito es dar valor a las personas, reconocimiento a su esfuerzo, sea un rico o un pobre. Cuando una persona no se siente reconocida por lo que es, no se expresa tampoco por lo que es. Valorizar a las personas es fundamental. Es la mayor ganancia, no solo para el dueño de la empresa sino para todos.
–¿Qué hacer cuando está al acecho el mal? Por ejemplo, el terrorismo en Europa...
–El Estado está obligado a ofrecer seguridad ante estos problemas, por un lado. Pero tenemos que saber muy claramente que esto no es una solución. Es una cura de emergencia, no la cura de la enfermedad. El problema de esta violencia nace de una falta de educación, una falta de cultura. Y, entonces, tenemos que poner mucha energía en esto. El Estado no podrá nunca sustituir a la educación. La Policía nunca podrá sustituir el crecimiento de una cultura diferente en nuestros países. Por supuesto, tenemos que controlar la violencia, pero esto no resuelve el problema. Entonces, tenemos que poner mucha energía para resolver nuestros problemas educativos; esto es fortaleciendo las relaciones de familia, con el diálogo y la confrontación.
Sin embargo, nos comportamos como máquinas de individuos que asistimos pasivamente a estos acontecimientos. Nos asustamos y esperamos que el Estado arregle. El Estado no es todo. Lo que hace crecer la violencia es una falta de educación.
–Hay delincuentes comunes y delincuentes como estos, dementes... –Ellos salen generalmente de las periferias de las grandes ciudades, de algún gueto cerrado, incomunicado del resto del mundo.
–La pobreza... –Exactamente, la pobreza. La primera lucha contra la pobreza es taponar la emergencia, pero la verdadera solución es una educación a través de la cual las personas pueden cambiar. El Estado tiene su papel, pero la solución proviene del compromiso de cada uno. El Estado tiene que ayudar creando escuelas, involucrarse positivamente en los problemas de las periferias. En Europa ya hay experiencias en ese sentido. El clima ha ido cambiando. Hay profesoras que empiezan a enseñar el idioma a los extranjeros. Los empresarios están comenzando a darles trabajo. Cuando se establecen relaciones, el mundo cambia, pero si nos ponemos todos a mirar desde la ventana, no cambiará nunca nada.
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