Uso de energía eléctrica se estancó, y creció el de derivados del petróleo

Del 2013 al 2016, la porción que refleja la participación de la electricidad en la estructura del consumo final de energía prácticamente se estancó. La del petróleo aumentó y la de biomasa se redujo levemente.

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El subsector Energía del “Kuwait hidroeléctrico” de América, pese a los 32 años de producción de Itaipú y 23 de Yacyretá, las colosales represas hidroeléctricas que comparte con Brasil y Argentina, sigue albergando insólitas contradicciones.

Si tan solo comparamos los cuadros del Balance Energético Nacional que publica el Viceministerio de Minas y Energía, en este caso de los años 2013, 2014, 2015 y 2016, titulado “Estructura por energéticos en el consumo final de energía”, confirmaremos la llamativa paradoja que la tajada que corresponde al fluido eléctrico en la más pequeña de todas y que en los cuatro años creció de 17,3% al 18%, luego de que alcanzara en 2015 el pico de 18,4%.

En otras palabras, entre el año pasado y el 2015 el consumo final de energía eléctrica hasta se redujo; ligeramente, dirán algunos observadores, pero se redujo, hecho que contradice las expectativas de un país que aún espera que su economía despegue, realmente, con la energía que hace 32 y 23 años “cede” a cambio de “precios” promedios que orbitan los US$ 3/MWh, inexplicablemente lejos del “justo precio” que consagró el Acta de Foz de Yguazú de 1966, documento que figura, solo eso, en el Considerando del Tratado de Itaipú y mucho más aún de las cotizaciones presentes –e inclusive pasadas– del mercado eléctrico nacional.

La contradicción apuntada nos obliga a preguntar si la crisis que ciertos augures vaticinan, inclusive para dentro de nueve años, se deberá el crecimiento cualitativo de esa porción que hoy ocupa el último lugar en el ranking nacional de consumo de energéticos o porque estamos obligados a garantizarles nuestros socios condóminos, inclusive nuestra energía, que en el caso de Itaipú estará mucho más barata desde el 2023.

Por de pronto no hay señales de que la estructura de marras cambie. En efecto, el proyecto metrobús, en proceso de ejecución, utilizará unidades gasoleras; las rutas, costaneras, viaductos, etc., son para brindar más espacio a rodados que queman derivados del petróleo. El viejo ferrocarril nacional sigue sumido en una interminable agonía. Poco se sabe de trenes eléctricos.

El reciente encarecimiento del precio doméstico de energía eléctrica empuja al aún pequeño sector industrial de nuestro producto interno bruto a explorar el mercado en busca de leña o carbón.

La estructura en cuestión revela otras inquietantes realidades, por ejemplo, que el consumo de los derivados del hidrocarburo, que importamos desde el primer litro hasta el último kilo, aumentó en los últimos cuatro años de un 37,7% al 41,4%. Sorprendentemente, 2,4 puntos porcentuales entre el año pasado y el 2015.

En lo atinente a la biomasa, los gráficos elaborados por el Viceministerio de Minas y Energía nos permiten liberar un suspiro de alivio: su uso bajó del 45% en 2013 al 40,6% en 2016. Ignoramos si la tendencia se mantendrá o si solo se trata de un respiro coyuntural, porque las leyes de protección de los bosques nacionales en los últimos meses sufrieron irracionales flexibilizaciones, inclusive con un simple decreto, categóricamente inferior a una ley.

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