Aunque con esto el comercio se ha reavivado en la zona conocida como “La Pasarela”, el decrecimiento de las aguas es insuficiente. Muchas familias aún no han podido volver a sus casas.
La bajante del río Pilcomayo y del riacho Negro en Nanawa parece ser más un problema que solución. Desde hace tres días la parte seca ha ido ganando espacio y con él evidenciando la inmundicia que escondía la inundación.
“Estamos llenos de basura, nosotros mismos la juntamos y la arrojamos a la desembocadura principal del río. No tenemos otra opción porque tampoco hay donde enterrarla ni quemarla”, dice un vendedor informal de artículos de mercería.
“Por un lado estamos contentos, sin embargo, nuestra gran preocupación es la basura. Estamos contentos, pero somos realistas porque escuchamos todos los días en los noticieros que las lluvias volverán y todo volverá a mojarse”, comenta por su parte Daysi Sánchez, una vendedora del centro de esta ciudad.
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Los vendedores de la zona enfrentan también el dilema de retirar los palets de donde ya no hace falta para que los clientes circulen sin dificultades. “No podemos dejar ahí porque es peligroso pero sabemos que volveremos a colocar toda la estructura –que mide en promedio un metro y medio de altura–”, agrega el vendedor.
Esta ciudad, la más pequeña de todos los municipios en términos de extensión territorial, es una de las más golpeadas de la zona que circunda a la capital del país. De los 7.000 habitantes –según estimaciones de la intendencia nanawense– unas 5.000 han tenido que migrar hacia Falcón a refugios de emergencia. Los 2.000 restantes sobreviven en “sobrados” o en la planta alta de sus casas. “Acá estamos viviendo 12 personas. Yo soy guarda de colectivo pero ahora no tengo trabajo, me dedico a ser “pasero” y cobro G. 5.000 por pasajero”, dice Lucas Morales desde el segundo piso de su casa construida en la ahora anegada calle Rodríguez de Francia. Morales se tomó un descanso de las faenas de pasero para cocinar polenta para la familia, ya que su esposa Yéssica Belén Caniza se encuentra de reposo por un cuadro diagnosticado de dengue. Toda la familia Morales trabaja, como puede para generar ingresos. Con ellos han podido construir tres niveles sobre su vivienda. “El agua bajó, pero todavía no lo suficiente para regresar a nuestras vidas normales, seguiremos acá hasta que podamos”, finaliza.
Texto y fotos: mescurra@abc.com.py
