BRASILIA (AFP). Seis días después de ser removida del poder por el Senado, Rousseff, de 68 años, abandonó el Palácio da Alvorada bajo el Sol incandescente de la meseta de Planalto, rodeada por un centenar de militantes y varios exministros y legisladores.
Se acaba así una época dorada del Partido de los Trabajadores, que llevó a la izquierda al poder del país más grande de América Latina. Primero fue presidente Lula da Silva, de 2003 a 2011, luego Dilma, a partir del 2011 hasta 2016.
La expresidenta descendió de su vehículo y pisó el asfalto regado de pétalos rojos y amarillos en la entrada del predio para saludar a sus partidarios. Allí, detrás de unos anteojos de sol, recibió besos, globos en forma de corazón y rosas. Su gesto fue acompañado por lágrimas y uno de los gritos más usados durante los agitados últimos días de su presidencia: “Dilma, guerrera de la patria brasileña”.
La exmandataria, una exguerrillera que padeció cárcel y tortura durante la dictadura (1964-1985), partió hacia Porto Alegre en un avión de la Fuerza Aérea Brasileña. Sus objetos personales serán transportados en cuatro camiones.
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Rousseff, elegida en 2010 y reelecta en 2014, perdió su mandato tras un turbulento proceso de nueve meses por manipulación de las cuentas públicas, pero conservó sus derechos políticos, lo que le deja la puerta abierta a una eventual candidatura.
En una entrevista publicada ayer por el diario francés Le Monde, Rousseff dijo que evaluaba presentarse a un cargo electivo en los comicios generales de 2018. “Reflexiono sobre ello”, declaró.
La Constitución brasileña impide ejercer más de dos mandatos seguidos. Pero según su abogado, podría volver a presentarse incluso para el cargo de presidente de la república.
“Dilma va a resistir al golpe. Esa será su prioridad”, dijo a periodistas Miguel Rossetto, exministro de Trabajo y Previsión Social de Rousseff, a las puertas de Alvorada. Desde su destitución, el 31 de agosto, miles de personas salieron a las calles a manifestar en apoyo de Rousseff, principalmente en São Paulo.
El PT apuesta a capitalizar esa reacción y recuperar el apoyo de los movimientos que se beneficiaron con su agenda de distribución de renta durante más de 13 años, para presionar por nuevas elecciones.
