Esta última escalada de violencia la desencadenó, según las investigaciones, la guerra abierta entre el Primer Comando de la Capital (PCC), la mayor facción criminal del país, y el Comando Vermelho (CV) –apoyado por sus aliados locales de la Familia do Norte–, por el control nacional del narcotráfico.
Los expertos ven la raíz de la ruptura entre el poderoso PCC, surgido en presidios paulistas a inicios de la década de 1990, y el carioca CV en el asesinato del barón de la droga Jorge Rafaat Toumani en una emboscada en una ciudad fronteriza de Paraguay. Su muerte habría sido ordenada por el PCC, que no dividió el dominio de ese enclave estratégico.
Las dos bandas habían convivido en relativa armonía por dos décadas y a partir del asesinato de Rafaat “la alianza se rompió. Y las consecuencias están apareciendo, que son las masacres en los presidios”, afirmó el fiscal Marcio Sérgio Christino al diario O Estado de São Paulo.
El enfrentamiento ocurrido en la madrugada de ayer, en el que la mayoría de las víctimas fueron decapitadas, ocurrió por “motivo desconocido”, dijo el Comité de Gestión de Crisis del Estado de Amazonas.
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El penal, situado en el centro de la ciudad y clausurado en octubre por sus malas condiciones, había sido reabierto de urgencia el lunes para acomodar a casi 300 reclusos procedentes de otros tres presidios de Manaos.
Las autoridades pretendían así separar a los presos de las dos facciones implicadas en la masacre del pasado domingo 2, en la que 56 internos fueron brutalmente asesinados en una cárcel de Manaos.
El viernes 6, en el también norteño estado de Roraima, otra masacre dejó 33 reclusos muertos agravando la crisis del sistema penitenciario brasileño, carcomido por la superpoblación y patrimonio de las bandas.
Aunque el balance descendió después a 31 fallecidos, este sábado se encontraron dos cuerpos enterrados en el presidio de Boa Vista, fronterizo con Venezuela.
