El pontífice muestra una pesimista visión de la actualidad. “Las alegrías de las relaciones familiares y de la convivencia social se muestran profundamente desvalidas”, apunta.
Añade además que “la desconfianza recíproca entre los individuos y entre los pueblos se alimenta de una búsqueda desmesurada de los propios intereses y de una competencia exasperada, no exenta de violencia”.
Francisco habla incluso de un “verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana”, debido a la “obsesión por el propio bienestar”.
El Papa llama a cambiar esta tendencia sobre todo a los católicos, aunque critica que también en el seno de la Iglesia haya “dificultades para reabrir este horizonte humanístico”.