–¿Cómo acompañar la adolescencia de los hijos?
–La sociedad actual endiosa la adolescencia y todos quieren formar parte de ella. Los adultos fantasean con más derechos que obligaciones: libertad, juventud, rebeldía, en una falsa creencia de que es la etapa más feliz. Según la psicoanalista francesa Françoise Dolto, “es un verdadero purgatorio”, se dan todo tipo de crisis existenciales con más intensidad: ansiedad, suicidio, drogas, fracasos amorosos, escolares, familiares. Por otro lado, Laura Gutman en su libro La familia ilustrada, dice: Si los adultos comprendiéramos que los adolescentes necesitan autorregularse entre ellos, permitiríamos que se junten más, convivan más entre pares, resuelvan más y mejor sus asuntos, facilitaríamos las cosas. No debemos suponer que la adolescencia es sinónimo de dolor de cabeza. Si han sido niños amados y acompañados armónicamente, la adolescencia transcurrirá con separaciones saludables, cortas y confianza establecida; todo lo contrario, si han sufrido abandono emocional.
–¿En qué deben cambiar los padres para educar mejor?
–La educación básica se sigue aprendiendo en casa. Lo que no se puede cambiar es el respeto a los mayores, valorar la familia, la amistad, todo eso lo aprenden indirectamente de nuestras actitudes como padres. A veces se confunde educar con criar, no es lo mismo, se cría un perro o un gato, educar es un arte de amor, de límites, buenos ejemplos.
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–Uno de los desafíos actuales es lograr que compartan momentos en familia.
–Anteriormente los adolescentes enfrentaban a los padres, hoy día más bien huyen de los adultos. Esto es normal en la adolescencia, pero cuando se vuelve crítica la falta de contacto humano, se ha atrofiado el ejercicio del diálogo en familia. Esto ocurre en parte por culpa de los estimulantes virtuales que hacen más llevadera la soledad y en los cuales podemos encontrar (no solo los adolescentes) temas “a la carta”. Para ganar esta pulseada a la tecnología tenemos que lograr que las conversaciones sean interesantes, y esto comienza por preguntar y escuchar lo que los hijos tienen para decir, cuáles son sus gustos e intereses, hablar de lo que ellos quieran tocar, pero evitar preguntar al estilo detective.
–¿Cómo manejamos los enojos y encierros, respuestas monosilábicas?
–El celular, la televisión, juegos, series forman parte de un encuentro consigo mismo y, en su defecto, es una evasión de la realidad. En ese mundo ellos digitan qué hacer y deciden qué ver y consumir. Si bien no es en absoluto un aprendizaje social como lo sería una actividad deportiva, artística, incluso laboral o comunitaria, son formas de crear un mundo subjetivo, una forma de soportar la soledad que les genera la separación del mundo adulto donde no tienen cabida; este quiebre necesario que aparece es para crear su nueva identidad, totalmente diferente a la de la infancia y que sí tenía mucho que ver con los gustos y formas de pensar de los padres. Por eso también aparecen respuestas indiferentes, soberbias, falta de consideración hacia lo que les proponemos los adultos. Ante esto podríamos accionar (y no reaccionar) asignándoles pequeñas responsabilidades en el hogar o en la comunidad.
–¿Es efectivo mostrarse severo en estos tiempos en que el concepto de violencia abarca hasta lo mínimo?
–No se puede educar sin autoridad. La autoridad aparece en las relaciones asimétricas, en este caso, padres e hijos. Hay que delimitar bien los lineamientos de este rol, con una comunicación basada en el respeto y la claridad de objetivos de cada uno. Si esto se diluye en vacilaciones o temor a que el otro se enoje y no nos quiera más, la autoridad se pierde y aparece el autoritarismo o la orfandad. Educar con autoridad es ofrecerles recursos cognitivos y afectivos para manejar sus emociones, orientarlos en el desarrollo emocional, espiritual, es preciso preguntar, reglamentar, dialogar, llevar una vida ética y moral con acciones y actitudes en la vida cotidiana. Estas son funciones que los padres no pueden delegar. Educamos todo el tiempo, para bien y para mal, y en la adolescencia es cuando se cosechan esas actitudes, y los padres somos los responsables, nadie más, ni el colegio, ni la sociedad, ni los amigos.
–Muchos padres pierden el contacto con los hijos, justo en esta etapa.
–Lo desconocido da miedo. Cuando perdemos el contacto, los hijos son desconocidos. A veces provocar es la única manera de contactar, aunque sea de una manera negativa, aparecen los síntomas: portazos, gritos, malas palabras, golpes. No deben creerse el ombligo del mundo. Hay que abrirlos a realidades nuevas, obras comunitarias, otros estilos de vida, todo eso los prepara para la adultez, o si no somos cómplices de futuros desengaños en la vida, los sobreprotegemos, les evitamos la oportunidad de errar, sobre todo de frustrarse, que al final es la clave de toda educación. A los adolescentes hay que amarlos en todo momento, contenerlos, protegerlos del mundo y otras veces de ellos mismos, esa es nuestra misión como padres.
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