Tirados por yuntas de bueyes, las carretas de Guarambaré arribaron ayer a la Villa Serrana, y en estas, varios peregrinos que aún utilizan este medio de transporte para estar junto a la Virgen. Cincuenta años atrás esta caravana era interminable, nos recordada Ercilia Ferrer, la peregrina más antigua, de 73 años.
Recordó que de su comunidad llegaron a venir 50 carretas. “Mi mamá me trajo en su vientre y me cuentan que mi abuela le retó mucho, pero al año siguiente ya me trajeron en la carreta”, dijo Ña Ercilia.
La mujer relató que todos sus familiares son devotos de la Virgen y cada año hace el mayor esfuerzo para llegar a la Villa Serrana. “Moverte de un lugar a otro tiene su costo y algunos ya no vienen o prefieren venir en vehículos, pero nosotros no queremos perder esta tradición”, indicó.
Ña Ercilia iba caminando detrás de la carreta, mirando a los menores que dormían en el interior; de repente nos mostró una silla y dijo que tenía más de 100 años, la utilizaba su abuela para descansar. Agregó que este año pensó no venir, pero el aprecio a esta práctica le hacía recordar a sus antepasados cuando hacían lo imposible para estar junto a la Virgen.
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
Entre los peregrinos también estaba Cinthia Ramírez, es de la nueva generación, aunque en su haber ya ha tenido varias experiencias de llegar a Caacupé en carreta.
La misma recordó cuando llegaron a Caacupé en 30 carretas y su paulatina disminución a raíz de la aparición de otros medios de transporte. Luego vinieron 15 y este año solo cuatro carretas forman parte de esta antigua forma de peregrinar.
Estos compatriotas salieron de Guarambaré el viernes a las 18:00 y después de momentos de descansos arribaron a Caacupé pasado mediodía. Allí estarán hasta el final de la misa del martes 8 de diciembre y al mediodía retornarán al lugar de origen.
Los peregrinos están bien aprovisionados. “Tenemos milanesa de carne, pollo, chipa y sopa. Alimentos no faltan para el buen pasar”, apuntó Cinthia.
Así es el peregrinar de la familia Ferrer-Araujo-Ramírez, cuya forma de llegar a Caacupé perdura y se resiste a desaparecer.
