El Partido Colorado, como bien se sabe, tiene el control del Ejecutivo a cuyo titular la añeja asociación política dio carta blanca para ganar las elecciones y recuperar el poder perdido frente al candidato adversario, con quien hoy precisamente se alía el grupo de senadores, conocido como G15.
Los opositores –antes los liberales, ahora también la izquierda– siempre soñaron con dividir al Partido Colorado para ganar el Ejecutivo. Solo pudieron conseguirlo con un outsider al frente de una alianza.
Los colorados, por su parte, siempre prefirieron sacar los trapos sucios en casa, inclusive llegando a grandes conspiraciones, antes que aliarse con la oposición.
De ahí que tanto Frente Guasu como el G15 están pagando el precio del alcohólico en el campo ideológico, y como ocurre siempre, la oposición es la que más caro paga por aquello de la permisividad mayor al que manda, más la costumbre ciudadana de ver a los colorados en cuestiones turbias y repudiar cuando ven lo mismo en sus adversarios.
Morris explica la comparación entre el abrazo de dos ideologías contrarias y el alcohólico, sin ánimo de ofender ni a los partidos ni a los alcohólicos. “Como el alcohólico que enfrenta un conflicto permanente entre su sed interior y la necesidad aprendida de abstenerse, el político que intenta reposicionarse debe luchar contra las fuerzas de la conformidad y la disciplina partidaria, y afirmar diariamente su determinación de abrir una nueva senda”.
Dirán que lo mismo podría decirse de Mario Ferreiro (socialista) aliado con el PLRA (liberal) y otros partidos pequeños para la intendencia municipal de Asunción. Sin embargo, este caso es un claro ejemplo de concertación electoral donde en escenario previo competirán precandidatos de distintas ideologías, de donde saldrá el ganador que representará a todos los aliados en la competencia nuevamente con otros. Después seguramente vendrán la articulación programática y, si ganan, las cuotas de poder.
En los sistemas parlamentarios, los sectores políticos construyen mayoría con base en alianzas, generalmente poselectorales, dado que el Ejecutivo nace del voto de los legisladores y no del voto directo o de consejos electorales, como en los sistemas presidencialistas. Los elegidos recurren primero a la cohesión de los votos partidarios, luego buscan coincidencias con ideologías afines y por último recurren a sus adversarios para construir mayoría y sostener un gobierno sobre la base del principio de la confianza política.
No es una casualidad que senadores del Frente Guasu hayan presentado de golpe un proyecto de estatizar la Compañía Luz y Fuerza Sociedad Anónima (Clyfsa) que explota el servicio de energía eléctrica de Villarrica, con notable eficiencia, responsabilidad y honestidad, según los propios usuarios. Posiblemente, el cálculo que hicieron fue sacrificar la imagen con un tema antipopular en un territorio donde no tienen diputado, gobernador ni intendente para tratar de recuperarse ante la opinión pública global del daño ideológico que les produjo la sociedad con los “reaccionarios”.
Este caso típico del que ninguno de los dos está dispuesto a dejar el alcohol (en la metáfora ideada por Morris) y dada la farra con que fue celebrada la victoria de instalar a Marito frente al Senado, justifica el temor de los seguidores de ambas corrientes aliadas de que el proceso termine con la tradicional frase: ka’u ha farra-hapeguare ndoikéi.
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