Anécdotas con el compañero Pablo Medina

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Al cumplirse dos años del cobarde asesinato de nuestro compañero Pablo Medina me vienen a la mente anécdotas y travesuras con él. Me tocó compartir con el querido “Pabloqui” varios momentos; con él ni el cansancio se sentía, pues se caracterizaba por la jocosidad.

Cuando nos preparábamos para viajar a un “Seminario de periodismo de alto riesgo” en Campo de Mayo, nos fuimos a comprar zapatones caños largos sobre la calle general Aquino. Nos dijo: “ñanderovatavy. Ñandeko ndajarekói peligro mbóigui, sino umi manguruyukuéragui (Qué tontos somos. A nosotros no nos apeligran las serpientes, sino los corruptos). Ya en Caecopaz (Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz), cuando evaluábamos las tareas realizadas, manifestó que era tan importante saber aplicar lo asimilado y enseñar a cuidarnos, pero que había una maldita realidad, y es que poco o nada podemos hacer para cuidarnos de la mafia despiadada.

Pablo sabía de aquello, pues dos de sus hermanos también habían sido asesinados por mafiosos. Estaba consciente de que en algún momento podría ser su turno.

Decía que su vida dependía de la decisión de la mafia, integrada por los actores de la politiquería. Decía que si no nos asociamos a ellos, somos piedras en sus zapatos. Ni bajo la tierra estamos a salvo de ellos cuando te sentenciaron a muerte, decía.

Cuando le preguntamos si no quería dejar el periodismo, en un par de oportunidades respondió: “ñandeko –como ocurre con los de la mafia– después de entrar en el periodismo ya no podemos salir”.

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En un par de oportunidades, cuando ya no había condición por las exageradas amenazas que recibía, fue aislado de la zona más peligrosa. Sin embargo, no tardó en regresar a esa tierra que adoptó como su segunda “patria chica”, Curuguaty.

Aquella fatídica siesta del 16 de octubre de 2014 se despidió tranquilo de la familia y anunció a los compañeros en el grupo de trabajo creado en el WhatsApp que viajaba hacia Ypejhú y que Dios mediante regresaría a su base a la tardecita. Eso ya no ocurrió y tal como había anunciado muchas veces: le llegó el momento, sentenciaron su ejecución, manos negras y asesinas cumplieron la orden y segaron tan joven vida y la de su acompañante, Antonia Almada.

Pablo era la voz de los sinvoces y dio su vida por la verdad. Se cumplió en él aquella frase filosófica de Ortega y Gasset que sostiene con marcado fundamento: “tan pronto como el hombre nace, es tan viejo como para morir”. Pablo hizo bastante, pero teniendo mucho aún por delante la mafia obligó a que dejara una carrera inconclusa, pues su pluma y estilo periodístico molestaban. Su tarea no estaba direccionada para beneficiar a los capos.

Es evidente que jamás interesó a quienes manejan el hampa y la politiquería que detrás de Pablo, en esa humilde vivienda con paredes de madera en Curuguaty, estaban una esposa y sus hijos adolescentes, y que en otro rancho se encontraban sus padres ancianos, que soñaban ser enterrados por los “retoños” que sobraban y que no serían ellos quienes tendrían que despedir a un tercer hijo asesinado.

Los del hampa se equivocaron. Ahora algunos de ellos están aniquilados y odiados por sus compinches del rubro de la hierba maldita porque de alguna forma les “arruinó” el negocio. Como dijera L. Petit: “nadie cae del poder por sentirse débil, sino por sentirse muy fuerte”.

El final de nuestro andar es irreversible; todo aquello que comienza debe tener un final, pero en el caso de Pablo no podemos hablar de olvido, pues eso no llegará fácilmente. Con su muerte se encendió una antorcha que expande su luz y despierta a la sociedad que anhela la patria soñada.

Tenemos la responsabilidad de tomar con seriedad la luz de esa antorcha. No podemos permanecer estáticos a la espera de milagros, es muy necesario ampliar la fuerza de nuestro pequeño ejército de luchadores sanos y hacer que triunfe la verdad sobre la mafia y la corrupción.

alezcano@abc.com.py