Por las calamidades que ocurren en la actualidad, como denuncias de corrupción y deshonestidad; desvergüenza y cinismo, nuestro país parece retroceder a la edad antigua.
La diferencia está en que no tenemos a un sabio como Diógenes, que enfrentó a la estructura corrupta e incluso al poder de Alejandro Magno (356 a.C. al 323 a.C).
La deshonestidad campea en las diferentes instituciones y estamentos públicos e incluso en la calle, señal de que la corrupción, sumado a la impunidad, socavan los cimientos de la Patria misma.
El país se desangra en los diversos poderes del Estado, Judicial, Ejecutivo y Legislativo. También en el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE), cuyos ministros fueron denunciados por cobros indebidos de viáticos y casos de planillerismo, casos en los que no se vislumbran esclarecimiento.
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Las croquetas de oro fueron superadas por agua y cocido de oro. Mientras, los alumnos aguardan el almuerzo escolar.
La población no tiene posibilidades de acceder a atención de salud pública segura. Los hospitales están llenos de pacientes enfermos y casos febriles y ni hablar de los problemas de traumas por accidentes. Existe un caos en el tránsito automotor porque impera la ley de la selva.
Las autoridades encargadas de brindar seguridad tampoco ofrecen garantías. Para colmo, no hay educación ni formación cívica ni conciencia para aplicar simples reglas de urbanidad de honestidad y respeto.
La deshonestidad es imparable porque el accionar de las autoridades, salvo contadas excepciones, no rigen sobre los principios éticos y la honradez, valor tan importante para el desarrollo económico y social, resulta un lujo en nuestro país.
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