Litros de gel y kilos de cremas no son suficientes para luchar contra el tiempo, hay que someterse a todos los sufrimientos, porque ¡estar bella duele! Que lo digan quienes se depilan de norte a sur.
El culto narcisista de tomarse la selfie al estilo nena de 15 es una práctica común, y en esa foto nos tenemos que gustar, objetivo que no es tan fácil conseguir después de los 40. Pero hay trucos como colocar la cámara del teléfono lo más alto que puedas para que tu figura se vea estilizada, y salgas divina en el patio de tu casa o junto a tus amigos. Con los ojos puestos en nuestros defectos no solo nos aborrecemos por ellos, sino que los mencionamos cada rato, como si con esa catarsis halláramos la redención. Que soberana estupidez matarse por ser la misma persona que eramos a los 20 años. Ay juventud, si volvieras... Pero más triste es ver como estos locales de belleza express se multiplican en nuestras ciudades al ritmo de los locales de venta de bebidas, y sabe Dios si tienen el acompañamiento y el control médico que requieren. Se sabe de peluquerías y spa que han dejado huellas irreversibles en mujeres que tomaron una ducha solar o se fueron para un masaje, que terminó en una lesión de columna.
Más lindas, más plata hay que gastar, que la cosa no viene del cielo, es una carrera contra las líneas, y la maldita gravedad. En el camino hacia este arco del triunfo las féminas se someten a lo que sea, sin preguntarse si esos títulos en la pared son legítimos, si en realidad el hombre que viste la chaqueta blanca es quien dice ser y tiene el respaldo de una certificación que lo habilite como doctor.
El Ministerio de Salud tiene que tomar medidas urgentes antes de que sucedan irreparables pérdidas de vidas humanas, porque hay una carrera loca en la que los maratonistas van sin ninguna precaución, conquistando caras planchadas y pancitas chatas, cueste lo que cueste, aunque sea la propia vida.
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