Su primer plan de evitar fricciones y buscar un candidato de consenso tuvo apenas unas pocas semanas de vida. Trató de imponerse y ponerle fecha a un acuerdo de unidad. Intentó forzar a los grupos en pugna, pero todo cayó en saco roto. La realidad de un partido donde históricamente se pelea por los cargos pudo más que las necesidades administrativas del Ejecutivo. Los dirigentes no estaban dispuestos a sacrificar un crecimiento político solo para generar tranquilidad en el Gobierno.
Eso obligó al presidente Cartes a mitad se semana a cambiar de estrategia dejando de lado la figura de consenso. Fue al otro extremo, abrió las puertas a la competencia para todos. Incluso dio vida a un tercer frente para que los intendentes tengan también la posibilidad de competir. Eso lo deja con las manos libres y lo aleja de ataduras movimentistas.
Pero más allá de generar ese espacio, el objetivo real es no quedar preso de los legisladores. Sin la creación del tercer frente el Ejecutivo quedaría a merced de un partido presidido por parlamentarios que tienen intereses políticos en el largo plazo y que operan conforme esos planes sin tener en cuenta el día a día del Gobierno. Controlado el Partido por un senador, Mario Abdo, o un diputado, Hugo Velázquez, hipotéticamente podrían imponerse en temas sensibles como por ejemplo el manejo del dinero público y eso traería complicaciones al Ejecutivo. La pelea de fondo es el control partidario.
No es casualidad que este tercer frente esté siendo articulado y armado por el asesor político adjunto del presidente Cartes. Está claro que el Gobierno busca crear su propia base política para controlar el Partido y tener un respaldo político para acompañar las decisiones poco gratas que todavía quedan por tomar. Es imperioso mantener la tranquilidad que desde la presidencia de la ANR Lilian Samaniego supo dar hasta ahora al Ejecutivo.
Este tercer grupo está asentado sobre los intendentes que son los verdaderos operadores locales. Son los que el día de las elecciones ordenan los equipos y juntan votos. La mayoría de ese grupo ahora responde a los legisladores. Particularmente a los diputados departamentales o eventualmente a los gobernadores, pero eso está por cambiar.
El presidente Cartes está a punto de dar la vuelta la ecuación. Quiere que la lealtad pase al Ejecutivo. Busca apoyarse en ellos porque sabe que su relacionamiento será menos ríspido y sobre todo tendrá mayor capacidad para imponer sus posiciones. Eso sin contar que llegado el momento será la herramienta para acomodar a los legisladores díscolos que quieran enfrentar al Gobierno. Esa es la salida que por ahora encontró el Ejecutivo para no quedar maniatado después de las elecciones de autoridades en la ANR.
La dirigencia del Partido Colorado sabe que por ahora el presidente Cartes tiene todavía mucho margen para gobernar. Que es complicado tratar de sacarle ventaja o hacerle frente. Pero también sabe que es necesario intentar poner límites al Ejecutivo y hacerse sentir para poder sobrevivir políticamente más allá de este Gobierno. La lealtad plena, sin fisuras, da demasiado poder al Presidente, comprometiendo incluso la continuidad en los cargos.
Las piezas se movieron, pero nada está firme todavía. Los actores políticos del Partido Colorado apenas se están tratando de acomodar para la competencia electoral. Eso hace suponer que en las próximas semanas habrá más ajustes conforme las necesidad políticas lo exijan.
En ese escenario de conflicto, los partidos de oposición buscan sacar ventajas. Están atentos y agazapados para buscar acuerdos en el Parlamento que lastimen al Ejecutivo y fortalezcan a la oposición interna en el Partido Colorado. Con eso generan un resquicio de cara al 2018.
La disputa está planteada; pero el resultado todavía está lejos. El presidente Cartes busca tener control para gobernar sin sobresaltos. La dirigencia política de la ANR quiere una porción de poder para obligar al Ejecutivo a conversar sobre los muchos reclamos que acumulan.
