Anoto estos datos para lamentar la fragilidad de nuestra memoria que sirve de sostén al penoso peso de la ingratitud. Aunque no fue artista, no fue músico, no fue dramaturgo, no fue director, el nombre de Chiquitín Lambaré forma parte de la historia de ese teatro, hoy tan restaurado y elegante, pero de cuando esa estructura se mantenía en pie y funcionando gracias al trabajo silencioso, persistente, desinteresado de un pequeño grupo de gente. Y él formaba parte de ese grupo. A él, más que a nadie, le correspondía haber sido velado en los salones del teatro. A él, más que a nadie, le correspondía haber sido distinguido de alguna manera por la gente de teatro y del mundo de la cultura. Es decepcionante ver que alguien que dio buena parte de su vida y sus esfuerzos en un bien tan importante como es un teatro, no haya logrado ningún reconocimiento.
Contaba Ernesto Báez que cuando él formaba parte de la compañía de Julio Correa, al terminar cada ensayo se dirigía a uno de los acomodadores del teatro y hablaba largamente con él. Un día Báez le preguntó a Correa de qué hablaba con tanto interés con esa persona y le respondió: “Este hombre sabe de teatro más que cualquiera de nosotros, no porque haya estudiado, sino porque buena parte de su vida está aquí”. Y Ernesto Báez en una entrevista me dijo: “Correa no se equivocaba. Lo que decía aquel acomodador, con la sencillez de sus palabras, era verdad”.
Chiquitín Lambaré era uno de ellos. El teatro funcionaba gracias a él. Vivía en un par de habitaciones que daban sobre ese laberinto de pasillos, pasadizos y recovecos que recorrían el edificio abajo del escenario y los camarines de los artistas. Sin embargo, estaba en todas partes, dispuesto a solucionar el problema que se presentara en algún momento.
Era un hombre afable, bueno, accesible. Durante los años que frecuenté el Teatro Municipal por motivos profesionales y también personales, jamás le vi con mala cara. Recibía a todos con una amplia sonrisa y si era necesario, con una traviesa solemnidad, impostada, desde luego, se deshacía en elogios a quien tenía adelante. Pero atrás de esas expresiones de humor se escondía algo mucho más profundo y una cuota de sabiduría. Chiquitín podía manejarse en ese mundo porque tenía la habilidad de conocer cómo funcionaba esa maquinaria; conocía a la gente, conocía sus capacidades, conocía sus ambiciones, conocía sus posibilidades, pero también conocía sus debilidades. Y era difícil estirarle la lengua –pero enormemente divertido– porque se sabía la vida y milagro de todos cuantos por allí pasaban.
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En verano, terminada la temporada teatral, cuando las noches eran muy calurosas sacaba una silla a la puerta pequeña que daba sobre la calle Alberdi, frente al Correo, una “entrada de artistas”, y con el tereré en la mano veía pasar a la gente; algunos nos quedábamos a saludarle para disfrutar de su compañía.
Desde que vine a vivir a España perdí contacto con él y da la coincidencia de que hace un par de semanas estaba hablando con gente que pudiera dar con él porque quería hacerle una larga entrevista. Lastimosamente ella no pudo ser. La muerte nos arrebató a un pequeño-gran hombre. Se fue en silencio, en medio de la indiferencia y la ingratitud de muchos. Pero estoy seguro de que esto no le hará mella, porque había en su interior algo mucho más grande, mucho más noble que nos acompañará junto con su recuerdo.
jesus.ruiznestosa@gmail.com