Será entretenido ver los debates que se generen entre algunos personajes que ya desde ahora se llevan muy mal, casi sin conocerse y que, desde julio del año próximo, estarán cada semana en la misma sala, se verán las caras regularmente y debatirán cuestiones importantes para el país.
Luego de las elecciones internas de los partidos, la semana pasada, es un hecho que algunos candidatos, por el peso de la estructura de sus respectivos partidos y por la inexistencia del desbloqueo de las “listas sábana” pueden sentir que tienen ya sus bancas esperándolos en el semi-incenciado Palacio Legislativo.
Entre los casi seguros legisladores están varios viejos conocidos que son tanto o más antiguos que el mobiliario de las oficinas legislativas, como los colorados Juan Carlos Galaverna, Juan Darío Monges y Lilian Samaniego o los liberales Miguel Abdón Saguier y Blas Llano, por citar a unos pocos.
Otros son definitivamente novatos como el actual presidente de la República Horacio Cartes o el patriaqueridista Fidel Zavala (que uno imagina estará entre los electos).
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Sobre el papel que tendrá el actual mandatario en los debates es que surgen muchas dudas. Como candidato número uno de la lista de senadores, tiene más que asegurado su lugar.
El problema es que dejará su trono distante actual, hasta el cual no puede llegar nadie sin permiso y donde no existen periodistas molestos con preguntas inoportunas.
Durante su gestión, el actual presidente ha sabido granjearse antipatías, inclusive dentro de su partido, cuestión que algunos consideran fue un motivo principal de la derrota electoral de su candidato en la elección del pasado domingo.
Cartes no se ha caracterizado tampoco por su facilidad de palabra ni por sus dotes de orador ni por tener un discurso cautivante. Más bien, todo lo contrario. La carencia de esta cualidad en un espacio en el que “parlamentar” es lo habitual, lo deja en inferioridad de condiciones frente a otros más duchos en esas lídes.
Tal vez, esa consideración es la que motivó que el presidente y su entorno estén evaluando seriamente la inconveniencia de descender a la arena legislativa, según se comenta.
Seguramente, no le permitirán instalar un teleprompter en la sala de sesiones que le ayude a hilar sus ideas. Pero, aunque el reglamento prohíbe expresamente leer discursos ante el pleno, son pocos los que hacen caso y no dudan en leer de punta a punta el libreto que sus secretarios les escriben cuando deben, por ejemplo, fundamentar un proyecto de ley.
No obstante, Cartes no debería engañarse. Si finalmente decide ir a ocupar su banca (y si se lo permiten, valga la aclaración) estará expuesto a los ataques verbales inmisericordes de sus colegas y al requerimiento constante de los trabajadores de prensa que, nobleza obliga a admitirlo, suelen ser muy insistentes. Negarse continuamente a hablar será visto como un síntoma de inutilidad.
Si decide ir a debatir y si el modelo de sus alocuciones repiten el nivel de aquel que pronunciara en la Universidad de Nueva York, imaginamos que los debates que se planteen, por ejemplo, entre Cartes y Beto Ovelar o entre Cartes y Nicanor, nos remitirán a los discursos de Demóstenes. Pero no a los del célebre político y orador ateniense, autor de las Filípicas, sino al recordado personaje de Don Gato y su pandilla.
Al menos, estará asegurado un periodo entretenido. Es lo que hay.
mcaceres@abc.com.py