Realmente el cómo hacerlo es la pregunta, ya que se registraron tantas expresiones de descontento, de frustración y de repudio que prácticamente no condujeron a nada constructivo en el sentido de hacer nacer algo nuevo y diferente a lo que soportamos.
No obstante, los descontentos son los actores que dan movilidad al quietismo de la sociedad, pero sus acciones no son hasta ahora suficientes más que para hacer caer a alguien, hacerlos correr, hacerlos pasar vergüenza por cierto tiempo o mandarlos al freezer.
No son suficientes para construir una voluntad popular capaz de asumir un contrato y establecer mandatos. Las personas que tienen vocación y ambición política se ven constreñidas a ingresar a las estructuras políticas, a someterse y a veces hasta a humillarse en aceptar las reglas de los dueños de movimientos y organizaciones para luego dar largas e interminables explicaciones de por qué se vieron obligadas a “tragar sapos y culebras” y continuar siendo partes y sostenedoras de inconductas asumidas por la clase política.
Como nunca en este caso tiene sentido la frase “la política es enemiga de la imaginación” ya que difícilmente desde los partidos políticos se pueda imaginar la creación de un nuevo mecanismo o un nuevo modelo efectivo para impedir la vuelta al autoritarismo. Y si alguien tuviera la visión de un futuro diferente desde una de las organizaciones políticas tradicionales, lo más probable es que lo mantengan en el molde o arrinconado en el olvido de una insignificante minoría, sin apoyo alguno.
El escritor y dramaturgo George Jean Nathan dijo que “los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. En nuestro país, hay un fuerte renunciamiento de los jóvenes y de quienes tienen talento político, consecuencia del manejo irresponsable y perverso de la noble tarea de buscar el poder y de ganarse el derecho de ejercerlo.
Cómo hacer que esta gente crea en sus propias fuerzas, en sus propias convicciones para arrastrar la voluntad popular hacia un régimen democrático de mejor calidad; cómo hacer para que abandonen la comodidad de simples espectadores para convertirse en actores; cómo hacer para que además de sus cuestiones particulares y personales se involucren también en los asuntos de interés público.
Esos son los desafíos de la maltrecha democracia paraguaya, a los cuales se debe agregar otras preguntas dirigidas a los que integran la bien o mal denominada clase política. Cómo hacer para que los partidos políticos, mejor dicho los caciques de turno de los partidos entiendan que están al frente de organizaciones creadas para motivar la participación ciudadana, preparar la mentalidad de competencia entre los mejores con aspiraciones de conducir los destinos de la nación y que incentiven a los jóvenes a ser libres y a forjarse en el liderazgo.
Una unión democrática de los descontentos entre quienes pertenecen a los partidos pero se niegan o les niegan tener protagonismo y los descontentos de la sociedad civil, con las actuales reglas de la democracia –aún cuando no sean perfectas– y las normas vigentes podría canalizar una nueva voluntad popular no atada a las prebendas ni a la clientela, y mucho menos a la miserable conducta de comprar y vender votos, pero capaz de implantar la decencia y un mejor resultado en el poder de la república. ¿Por qué no podría ser factible?
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