Por eso es loable que exista un organismo nacional como la Comisión Nacional de Ciencias y Tecnología, Conacyt, cuya ocupación principal debería ser la promoción de la actividad científica-tecnológica. Este consejo, mixto estatal y privado, creado hace años por un grupo visionario de ingenieros, ha funcionado con altibajos y escasa financiación. Recientemente ha mejorado su funcionamiento y administración mediante ayuda de organismos internacionales y el ministerio de Hacienda y se está dificultosamente ganando un espacio y mayor respeto de la sociedad y la comunidad de científicos, esta escéptica por excelencia. Uno de sus buenos programas es el PRONII, modelo creado para ayudar económicamente a quienes hayan demostrado productividad científica internacional. Nuclea y financia a más de 100 científicos para que puedan dedicar mayor tiempo a su actividad. La paga, en tres categorías, es baja, pero un inicio demostrativo de apoyo al concepto de pagar al que piensa y hace, para beneficio de la sociedad. El plan fue, luego de rigurosa evaluación de productividad, incrementar el incentivo a más o menos 500 científicos que existen en el país, en distintas disciplinas y en distintos lugares de trabajo, sin constricciones burocráticas, pues se sabe que la ciencia florece en la libertad.
Sin embargo, preocupa que en el actual consejo pareciera no existir una vocación definida hacia el apoyo a la actividad de los científicos. El primer indicador es la remoción con muy cuestionables pretextos de dos altos funcionarios, uno el propio presidente, y el otro el secretario general, justamente quienes dieron sus mejores talentos para lograr revertir la ambigua imagen de la institución. Vaya premio. Otro preocupante indicador, sobre todo para quienes colaboramos en la elaboración del PRONII, es una presunta intención de cambios de los reglamentos y manera de accionar del modelo, burocratizándolo, lo que desvirtuaría su misión e impacto para el futuro de la ciencia en el país. Otra situación es la innecesaria polarización entre científicos, en franca minoría, y no científicos. Querría creer, y es una hipótesis falsificable, que estas actitudes no son malintencionadas sino reflejo de una falla en la comprensión del mecanismo conceptual de la ciencia y el descubrimiento.
La realidad es que el problema es raigal y tiene que ver, más que con la buena o mala intención, con la muy heterogénea composición del consejo, representado por dispares instituciones como la Asociación Rural, las pymes, la UIP, Feprinco, la Sociedad Científica, las universidades públicas y privadas (donde no se investiga) y algunos ministerios. Si este país tendrá un nuevo rumbo, la sociedad en general lo asiente, deberá reestructurarse radicalmente el Conacyt. Este organismo deberá estar compuesto preferentemente por científicos-tecnólogos, no importe que representen a las entidades mencionadas y es bueno que lo hagan. Existen numerosos jóvenes de gran formación intelectual y técnica en estas entidades. Pero no ya los consejeros tradicionales sin formación filosófica, científica ni tecnológica que ejercen la función priorizando lo gremial sectario y lo político y arriesgando los programas en pro de la ciencia tan difícilmente logrados. Si hay un ministerio que pueda prescindir de gremialistas y políticos este es el Conacyt.
(*) Instituto de Patología e Investigación. Exmiembro titular del Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología.