Convocar al silencio

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SALAMANCA. Al iluminarse la pantalla del ordenador apareció, entre otras cosas, una gacetilla de prensa que traía dos o tres imágenes adjuntas. Con frecuencia suelo ir directamente a las imágenes antes de leer la información pues ordinariamente tales imágenes resultan más elocuentes que el texto.

En este caso, fue el lunes último, prescindí del interés o desinterés del texto porque las imágenes eran una descarga eléctrica. En una de ellas, se la ve a Cira Moscarda, sonriente, asomada a una ventana. En la otra, debidamente abrigado en medio del invierno europeo, Alfredo Seppe, quizá en Italia, tal vez en París.

¿Cuántos años tenía entonces Alfredo? ¿Diecinueve, veinte? Estoy seguro de que no más de veintiuno. El pelo rizado donde no podría entrar el peine, gruesos lentes con marco de pasta. Atrás unos ojos desvaídos por los cristales y porque eran intensamente azules, transparentes.

Ninguno de los dos está vivo. Los dos se fueron dramáticamente, como si una misma imposibilidad de acceder a una vida si no dichosa, por lo menos tranquila, los hubiera arrastrado casi al mismo tiempo.

No recuerdo el año, quizá 1968 o 1969 –puedo estar equivocado en mis cálculos–; era el 1 de enero y el director del diario nos había invitado a mi novia, luego mi esposa, Tilly Schulz, y a otros compañeros de la redacción a aplacar la resaca de la fiesta de la noche anterior, en su quinta donde hoy está el “shopping” del Sol. Estábamos allí después del mediodía jugando con un pequeño tractor para cortar el césped, cuando nos quedamos quietos y en silencio para ver pasar el coche fúnebre que llevaba el ataúd en el que regresaba Alfredo de Montevideo, donde no esperó a recibir el año y se disparó una bala en la cabeza.

Mirando la fotografía uno se pregunta: ¿Qué infierno interior debió empujar a alguien que todavía era casi un niño a utilizar tanta violencia en contra de su propio cuerpo? Quizá de haberse quedado en Italia, como quería, hoy sería un hombre adulto, maduro. Vaya uno a saberlo.

Cira Moscarda tenía un taller de arte donde enseñaba a los niños y donde trabajaban adolescentes y jóvenes; entre ellos, Ricardo Migliorisi y Bernardo Krasniansky. Su casa era una eterna fiesta. Ella, moviéndose entre sus invitados en silla de ruedas, o sostenida por las muletas, sus dolorosas piernas aferradas con hierros para darle el sostén de las que ellas carecían. Tenía humor, siempre dispuesta a todo aquello que rompiera la rutina y los convencionalismos. Incluso posó, toda vestida de blanco, en una “instalación” (entonces aún no se llamaba así) de Migliorisi y Krasnianski en un espacio todo blanco lleno de plumas enormes de los más disparatados colores.

Surgió entonces ese sentimiento que no se podía callar. Cira, con un cuerpo en el que se había encarnizado la naturaleza negándole todo atractivo, toda belleza, todo encanto, se sintió enamorada de Alfredo, quizá su ideal inalcanzable, a quien, por el contrario, la naturaleza le había dado todo: inteligencia, simpatía, belleza física, creatividad. Entre ellos comenzó un intercambio de cartas, de poemas, a pesar de que ambos vivían en Asunción. Ella, en una casa de Sajonia, cerca del parque Carlos Antonio López. Él, en la calle Ayolas casi Palma. Deben ser esos textos los que se presentarán mañana en el Centro Cultural Español Juan de Salazar como parte de un proyecto llamado “Desalmidonar los párpados” y del que es coordinadora Lía Colombino. Si la mencioné al comienzo a Tilly Schulz no fue de manera gratuita para presumir de novia, que sus méritos tenía, sino porque tenía una amistad intensa con Alfredo y por su casa pasaron muchos de esos textos que en ocasiones los leímos en voz alta los tres juntos. Me hubiese gustado decir muchas más cosas de ese amor imposible, de un amor trágico signado por la muerte antes de que la muerte ocurriera; pero en estos días he leído opinar a muchos lectores rezumando tanta violencia, tanto odio, una visceral intolerancia y, de manera muy especial, estremecedora ignorancia, que pienso que es mejor convocar al silencio.