20 de Junio de 2011
Cuba y otros sones
Hugo Chávez ha comprado su credencial de revolucionario entregándole el país al Gobierno cubano. Un precio muy alto, que ha conducido a la progresiva disolución de la República bajo el mando de una dirección como la cubana, cuyo único propósito es garantizar su perpetuación en el poder. Los convenios que firma con Cuba son una parodia para encubrir el tejemaneje entre los Gobiernos, porque la realidad es que la dirección estratégica del régimen chavista está en este dispositivo binacional que los venezolanos no han elegido ni aprobado. El control que ejerce la cúpula cubana sobre el Estado venezolano viola todo lo violable. Un precio muy alto para que el Comandante-Presidente sea considerado un revolucionario cuando sin la bendición de Fidel Castro no habría pasado de ser un militar latinoamericano golpista más.
No se trata solo de la simpatía que el de aquí siente por el de allá; ni siquiera ese influjo cuasiintelectual que ha llevado al de aquí a convertirse en marxista como el de allá, pero por ósmosis, sin haberse leído a Marx como con imprudencia e impudencia confesara en un momento de supremo descontrol oral. El asunto es que Venezuela ha tenido que pagar esta credencial emitida por los cubanos con unos 112.000 barriles diarios de petróleo, refinerías, triangulaciones para que las ganancias se queden en la isla, viviendas y otra finezas a cambio de mano de obra en muchos casos generosa de jóvenes cubanos hiperexplotados por sus jefes, sin que se incluya en estos el malandraje policial y militar que ha agarrado el control de estructuras esenciales del Estado nacional.
El nudo de la cuestión es que hay un gobierno que siente más afinidad con un régimen extranjero que con la mayoría de los venezolanos. Este refocilarse entre los jefes de Cuba y de Venezuela contrasta con el desprecio que siente el de aquí por sus compatriotas; no solo por los de oposición, sino por los chavistas también. El artículo de Armando Durán sobre Caracas documenta esa inquina contra lo propio. El odio a los de la oposición está documentado; el caudillo no siente obligación alguna, ni política ni afectiva, con ellos porque los considera representantes del imperio y apátridas, como los califica con frecuencia. Pero es que tampoco quiere mucho a sus propios partidarios: si protestan es porque se han dejado influenciar por los imperialistas, si solicitan es que no comprenden que un revolucionario debe ser austero, si se silencian no son tomados en cuenta para nada. Véase si no, que la mayoría de los dirigentes ¡los dirigentes!, no la base son ignorados en las decisiones que Chávez toma junto a los cubanos. El quejido de diputados, gobernadores y alcaldes, y hasta ministros, es patético; ya Chávez considera que le queda grande a Venezuela, por lo que el desprecio a los venezolanos es una actitud que se le cuela en la rabia, el gesto y los tics, que se le notan cada vez que hay reclamos en la calle.
La dirección cubana ha puesto especial atención en el control sobre el aparato policial, militar y de inteligencia de Venezuela. Por eso es que cada vez que se levanta una alfombra en algún lugar crítico de la estructura del Estado, salta un camarada cubano, estudiadamente simpaticón, poco controversial, pero que se toma muy en serio el papel de jefe. En el campo militar la creación de la Milicia Nacional tiene propósitos de contrainsurgencia doméstica, mientras que la Fuerza Armada, a estas alturas, devastada, se proyecta como instrumento conjunto de Raúl Castro y Hugo Chávez, lo que queda demostrado con la Escuela Militar de la ALBA. Es de cavilar sobre lo que piensan los militares institucionales.
(*) Periodista y economista venezolano. Artículo publicado por LaPatilla.com
No se trata solo de la simpatía que el de aquí siente por el de allá; ni siquiera ese influjo cuasiintelectual que ha llevado al de aquí a convertirse en marxista como el de allá, pero por ósmosis, sin haberse leído a Marx como con imprudencia e impudencia confesara en un momento de supremo descontrol oral. El asunto es que Venezuela ha tenido que pagar esta credencial emitida por los cubanos con unos 112.000 barriles diarios de petróleo, refinerías, triangulaciones para que las ganancias se queden en la isla, viviendas y otra finezas a cambio de mano de obra en muchos casos generosa de jóvenes cubanos hiperexplotados por sus jefes, sin que se incluya en estos el malandraje policial y militar que ha agarrado el control de estructuras esenciales del Estado nacional.
El nudo de la cuestión es que hay un gobierno que siente más afinidad con un régimen extranjero que con la mayoría de los venezolanos. Este refocilarse entre los jefes de Cuba y de Venezuela contrasta con el desprecio que siente el de aquí por sus compatriotas; no solo por los de oposición, sino por los chavistas también. El artículo de Armando Durán sobre Caracas documenta esa inquina contra lo propio. El odio a los de la oposición está documentado; el caudillo no siente obligación alguna, ni política ni afectiva, con ellos porque los considera representantes del imperio y apátridas, como los califica con frecuencia. Pero es que tampoco quiere mucho a sus propios partidarios: si protestan es porque se han dejado influenciar por los imperialistas, si solicitan es que no comprenden que un revolucionario debe ser austero, si se silencian no son tomados en cuenta para nada. Véase si no, que la mayoría de los dirigentes ¡los dirigentes!, no la base son ignorados en las decisiones que Chávez toma junto a los cubanos. El quejido de diputados, gobernadores y alcaldes, y hasta ministros, es patético; ya Chávez considera que le queda grande a Venezuela, por lo que el desprecio a los venezolanos es una actitud que se le cuela en la rabia, el gesto y los tics, que se le notan cada vez que hay reclamos en la calle.
La dirección cubana ha puesto especial atención en el control sobre el aparato policial, militar y de inteligencia de Venezuela. Por eso es que cada vez que se levanta una alfombra en algún lugar crítico de la estructura del Estado, salta un camarada cubano, estudiadamente simpaticón, poco controversial, pero que se toma muy en serio el papel de jefe. En el campo militar la creación de la Milicia Nacional tiene propósitos de contrainsurgencia doméstica, mientras que la Fuerza Armada, a estas alturas, devastada, se proyecta como instrumento conjunto de Raúl Castro y Hugo Chávez, lo que queda demostrado con la Escuela Militar de la ALBA. Es de cavilar sobre lo que piensan los militares institucionales.
(*) Periodista y economista venezolano. Artículo publicado por LaPatilla.com






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