De la autocracia a la teocracia

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SALAMANCA. A qué nivel de indignidad hemos llegado cuando un grupo de políticos pertenecientes a diferentes núcleos le propusieron a monseñor Mario Melanio Medina, obispo de San Juan Bautista, candidatarse a la presidencia de la República y que financistas muy próximos al actual presidente, Horacio Cartes, estarían dispuestos a costearle la campaña. No emito ningún juicio de valor, ni positivo ni negativo sobre el obispo. Hablo de indignidad refiriéndome a la clase política y a su propuesta. Una propuesta lamentable.

Nada se ha aprendido de la experiencia próxima de haber llevado a un obispo a la presidencia. ¿Cómo pudo la gente confiar en una persona que, siendo sacerdote, le mintió, primero a su patrón (Dios) y segundo a su clientela (la feligresía) y finalmente a sus superiores inmediatos? ¿Acaso no mintió cuando violó sus votos de castidad y embarazó a unas cuantas jovencitas? Hasta se habló que una de ellas habría sido menor cuando quedó preñada. Pero nadie lo averiguó como tantas otras irregularidades que se entregaron al olvido. También mintió a sus superiores cuando aseguró que terminada su experiencia política regresaría a la comunidad religiosa.

Después de aquel estrepitoso fracaso volvemos de nuevo a querer involucrar a la Iglesia en las aventuras políticas de grupos de aventureros. Mientras en el resto del mundo se busca crear estados laicos, con una clara división entre el gobierno temporal y una iglesia, no importa cuál sea, aquí estamos deseando volver hacia atrás para implantar una teocracia (forma de gobierno en que la autoridad política es ejercida directa o indirectamente por un poder religioso, como una casta sacerdotal) que en poco o nada se diferenciaría de la autocracia (gobierno de uno solo) que vivimos durante casi medio siglo de dictaduras (1947-1989).

Debemos convencernos todos, cristianos, agnósticos, ateos, judíos, musulmanes, que el único sistema político que puede garantizar la libre práctica de todos los credos es el laicismo. Lo contrario podemos ver hoy con sus sangrientas consecuencias en Irán o los esfuerzos de Erdogan para implantar en Turquía un sistema teocrático.

En nuestro país estamos volviendo la vista hacia una iglesia (y lo pongo con minúscula porque no se trata de la institución universal, sino la que se da concretamente aquí) ultramontana con ideas y prácticas que perdieron efectividad siglos atrás; otras, no tuvieron vigencia nunca. Así los catequistas siguen enseñando a los niños que los judíos son malos porque mataron a Jesucristo. O bien se dedican a criticar a los jóvenes porque llevan tatuajes en el cuerpo “como una manera de afianzar su personalidad o de llamar la atención”. Si así fuera, Lionel Messi, Justin Bieber, Luis Miguel y muchos otros tendrían que estar en el infierno. Además, tengo mis dudas si ellos buscarán llamar la atención a través de sus tatuajes.

También suena a disparate irresponsable decir, desde el púlpito que “los masones son quienes quieren imponer el matrimonio gay y el aborto”. Aclaro que no soy masón, ni lo he sido, ni lo seré nunca. Mi espíritu insumiso no me ha permitido nunca formar parte de ningún grupo, ni siquiera ser socio de un club de fútbol. Solo pretendo que seamos serios en nuestras críticas. Si vamos a criticar a la masonería tendríamos que comenzar por demoler la inmensa mayoría de las grandes catedrales que se construyeron en Europa (desde fines del siglo XII al comienzos del XVI) porque ellas fueron construidas por masones. Aún más: fue allí donde surgió la masonería porque sus trabajadores: albañiles, mazoneros, arquitectos, canteros, escultores, estaban hartos de ser explotados por la clase dominante; es decir, la Iglesia. Hasta la palabra “logia” (lugar donde se reúnen los masones) forma parte de aquellas construcciones. Finalmente, si vamos a ser consecuentes con esas ideas, ¿tendremos que echar al fuego las óperas de W.A. Mozart, que están entre las más hermosas que se han escrito en toda la historia?

Señores políticos, y también señores de la iglesia, paren de jugar con cosas tan serias como el gobierno de una nación. La Constitución es clara en la separación del Estado de cualquier credo religioso. Y los Evangelios completan la idea con aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

jesus.ruiznestosa@gmail.com