En condiciones “normales”, por ejemplo, sería impensable un pacto entre Horacio Cartes y el Frente Guasu. Basta recordar el episodio aquel de setiembre de 2015 cuando en una reunión social, en el domicilio del diputado colorado Julio Javier Ríos, el Mandatario en estado de ebriedad (según afirmó el diputado Ramón Duarte) dijo públicamente tener información “fidedigna” de que el Frente Guasu está vinculado al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).
En tanto, la senadora Esperanza Martínez, presidenta del Frente Guasu, reiteró recientemente que el gobierno de Cartes tiene carácter autoritario, está comprometido con un modelo neoliberal trasnochado y criminaliza la lucha social, entre otras acusaciones.
La coincidencia que se da sobre la reelección entre estos dos sectores políticos que se consideran mutuamente demonios y enemigos irreconciliables, resulta difícil de justificar.
La actitud del Frente Guasu, guardando las distancias literarias, recuerda a la historia del Fausto de Goethe y su pacto con Mefistófeles o a otras historias de ficción y de la realidad en el que alguien con buenos propósitos decide pactar con “los malos” para poder hacer el bien.
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Igual podría decirse del cambio de Cartes, a menos que él finalmente haya considerado que no es tan malo pactar con el EPP si es que el objetivo superior es el progreso del país bajo su augusta batuta. De hecho, Stroessner seguramente justificaba la represión, exilio, torturas y asesinatos de sus adversarios políticos como un presunto precio de “la paz y el bienestar”.
En el lado de los que rechazan el proyecto de reelección vía enmienda, pretextando cuestiones constitucionales o legales, hay varios que no tuvieron miramientos para pactar con los mismos demonios de ahora, por conveniencias políticas coyunturales, hace no mucho tiempo.
También es obvio que la postura de muchos “antienmienda” tiene un componente principal de cálculo político sobre su futuro. Resulta difícil convencer a la gente sobre los males que se abatirán sobre la República si se atropella la Constitución teniendo en cuenta que hemos venido sobreviviendo a anteriores avasallamientos de la Constitución o de la voluntad popular sin que se nos hicieran tantas advertencias al respecto.
Es significativo que en este ambiente de convulsión no exista el fervor popular que algunos actores políticos y medios de comunicación, a favor y en contra, pretenden ver. Al menos, no hay un entusiasmo que pueda compararse con el que despertaron otros eventos de nuestra historia política más o menos reciente.
Esta situación puede adjudicarse a varios factores: la ausencia de liderazgos políticos convocantes, la presencia de personajes tóxicos en ambos lados de la disputa, la profunda división que existe en todos los sectores políticos y que terminan trasladándose a todos los ámbitos de la sociedad.
Como consecuencia, se ha instalado un clima de incertidumbre social generalizada que es inclusive independiente del resultado de la disputa política actual. Mucha gente está insegura sobre si resultará más conveniente que la reelección se frustre, pensando en qué manos quedaremos.
Más allá de esa incertidumbre, el oficialismo parece seguir decidido a comprobar cuáles son los límites de la estabilidad política y social. Se trata, cuando menos, de una apuesta arriesgada que puede terminar arrastrándolo cual furioso raudal.
mcaceres@abc.com.py