De reelecciones e hipocresías

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El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, reza un dicho.

Afortunadamente, no es un aserto perfecto, porque existen personas que no se dejan corromper por el poder que pudieran tener.

En la historia del mundo, y del Paraguay en particular, existen casos emblemáticos, tristemente olvidados en estos días.

Hablamos de corrupción, no solo en referencia al beneficio económico indebido en la función pública, sino del abuso del poder que se ejerce, corrompiendo principios del republicanismo democrático.

Entre otros, el principio de que la soberanía reside en el pueblo, y de que el poder para administrar la República está en las instituciones, y no las personas que, circunstancialmente, ocupan cargos en ellas.

En el caso de la Presidencia de la República, el poder no es del presidente, sino de la Presidencia.

No es el presidente el que tiene el poder para hacer o deshacer.

Es la institución presidencial, esté quien esté en ella. Y, más allá de quien esté en ella.

Comprender a cabalidad este principio es fundamental para comprender el republicanismo.

Y, aun más, la persona que ocupa ese cargo, más que potestades, tiene obligaciones.

Entre ellas, la obligación particular de obedecer las leyes.

Y su obligación es particularmente más severa, por la gravedad que significa para la República una violación legal por parte de quien ocupase tan alto cargo.

Buscar acomodar las leyes a las apetencias personales, violando su letra y su espíritu, es enormemente más grave si proviene de quienes, precisamente, han jurado defenderlas.

Es uno de esos actos de corrupción del poder que mencionábamos al iniciar.

En América Latina hemos visto en los últimos años, coincidentemente bajo gobiernos autoritarios, cómo los presidentes han alterado Constituciones, para ser reelectos una y otra vez, solo buscando no soltar el poder.

Ahora bien, la reelección presidencial nada tiene de malo.

Es más, pudiera ser útil a un Estado poder reelegir a alguien capaz y honesto en la administración de la cosa pública.

Pero, pretender obtenerla violando la Constitución y las instituciones, es propio de gobiernos autoritarios.

Como ejemplo, en Bolivia se realizó un referendo popular en febrero de este año, donde el presidente Evo Morales intentaba acomodar la Constitución a sus intereses personales, buscando una reelección más, violando la letra y el espíritu de una Carta Magna que él mismo había promovido.

El pueblo votó que no.

Entonces, demostrando su verdadera intención, comenzó a atacar el resultado, y ahora busca maneras de desconocerlo, para imponer su interés personal por sobre la voluntad popular.

Porque esa es la esencia de quien viola los principios republicanos democráticos.

Autoritarios, intolerantes a las restricciones legales que limitan su voluntad discrecional.

Hagamos que en el Paraguay no prospere esa clase de individuos.

lduarte@abc.com.py