Es indiscutible el auxilio e indispensable la ayuda, pero dentro de un planificado proceso de combatir la pobreza; y si fuera posible, erradicarla. Abordando el tema desde los problemas que la originan hasta sus amargas consecuencias que terminan convirtiéndola en un asunto de interés general. Por lo que si el componente asistencial es la ÚNICA respuesta del Gobierno y casi siempre coincidente con tiempos electorales, la iniciativa pierde toda seriedad. Y consolida un vicio de conducta colectiva (de benefactores y beneficiarios) y, definitivamente, en un acto fallido que no erradicará la pobreza ni ayudará a los pobres. Que es como sucede exactamente en la actualidad: ¿acaso no tenemos una Secretaría de Emergencia Nacional que atiende “emergencias” que se repiten todos los años.... para equipar refugios o financiar el retorno a las costas de donde, en la próxima temporada de crecidas, la gente volverá a los refugios?
Nadie puede ignorar la pavorosa estadística de carentes en nuestro país, porque esta se manifiesta en el cotidiano desfile delante de los semáforos. Se reitera en cualquier asentamiento marginal del Paraguay profundo o en los bordes de nuestros centros urbanos. Se patentiza en el éxodo de miles de compatriotas para buscar alternativas laborales o de otros que terminan deambulando entre nosotros, encorvados por la desesperanza, para pellizcar lo que puedan antes de sumergirse en la mendicidad. Aunque también debe contabilizarse a los pícaros, quienes bajo la orientación de sus punteros partidarios o líderes políticos se “anotan” en las listas de cualquiera de los beneficios que otorgue el Gobierno. Este se ufana entonces de un logro inexistente y en el colmo de la irresponsabilidad, borra el rubro “pobreza” de su listado de problemas ... y “a otra cosa mariposa”.
Porque ... ¿cómo saber si la asistencia a una familia llega a todos sus miembros? ¿Cómo asegurarse de que un subsidio beneficie a un colectivo de necesitados? Fue el eterno dilema en la asignación a los excombatientes de la Guerra del Chaco. Es el problema de las pensiones graciables. Es el que se nos plantea con los niños y menesterosos que mendigan. El dinero que recaudan ¿es realmente para ellos? Y a propósito ... ¿por qué los bebés/escudos están siempre dormidos? ¿Qué grado de parentesco tienen los que acompañan a los que no pueden valerse por sí mismos? ¿Quién se asegura que el dinero recaudado se revierta efectivamente en ellos? ¿Y quién protege a todos de la inhalación permanente de monóxido de carbono, ubicados como están, en las zonas de mayor infestación del aire en Asunción?
Como puede notarse, la pobreza tiene muchos componentes y demasiadas derivaciones. Entre ellas, la más temida de todas: la violencia. Pues si la misma Constitución establece que “todos los paraguayos somos iguales”, empezamos a pisotear las normas cuando encaramos un problema tan serio de una manera irresponsable y demagógica. Y es esa displicencia, precisamente, la que desencadena la hostilidad que nos castiga todos los días. Algo más debe hacerse y de manera urgente. Por de pronto, reducir las tensiones que produce el Estado cuando derrocha en algunos pocos de lo que priva a la mayoría. Y el resto, nosotros, deberíamos asumir que cuando existen planilleros en la función pública o las autoridades de un país carente como el nuestro derrochan en vehículos lujosos, alguna medicina estará faltando en un hospital público.
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