Pero ahora, ya irremediable y materialmente pobres, indigentes de ideales y sueños, pareciera que cuanto más ignoramos la miseria de nuestros orígenes, asumimos equivocadamente que no nos alcanzarán sus coletazos. Y hasta dejamos de percibir la que florece a nuestro alrededor y que castiga a muchos de nuestros compatriotas por carecer de empleo o de vivienda, de vestidos o de comida. Aunque todos sigamos igualados –como antes y siempre– en la falta de educación o de salud. Ni hablar siquiera de nuestra miseria en materia de seguridad y Justicia. Por alguna razón, alguien afirmó que en el Paraguay “lo único que progresa es el atraso”.
Pero... ¿cuándo empezó la pobreza –la de los más pobres– a “desigualarnos”? Las respuestas a este interrogante excederían con largueza la posibilidad de contenerlas en una columna. Se diría que fue desde el día en que dejamos de compartir una esperanza y que por el mismo motivo, ya no podamos compartir el sueño de un futuro mejor. Fue cuando abandonamos la solidaridad, la tolerancia y el respeto que nos debemos, aunque no lleguemos a prodigarnos amor ni afecto. Desde que se defraudaran nuestras esperanzas en cada oportunidad abierta. Desde que alguien, en alguna parte, hizo sonar la trompeta del “sálvese quien pueda” y antes que nos diéramos cuenta, los aprovechados de siempre “captaron” de dónde provenía el sonido y hacia adonde había que disparar. Esa dirección a la que llaman hoy “nuevo rumbo”.
Pero acorde a los nuevos tiempos en que todo se disfraza, empezando por las estadísticas, el gobierno asume la pobreza “como un desafío”. Y sale a empadronar pobres para hacerlos sujetos de los “programas sociales”. La cuestión que surge entonces es la siguiente: Si la Secretaría de Emergencia Nacional inicia su cobertura con los que ya tienen el agua a la altura de la cintura o del cuello... ¿no se puede hacer lo mismo con los pobres extremos? ¿Empezando el combate a la pobreza con los que ya están en la calle... en la peor condición en que puede remitirnos la miseria? Llegar a ellos con todo el respeto y cuidado que tengan que aplicarse para que sean registrados y sus casos debidamente procesados y resueltos como para que abandonen el desamparo? Aparte del “problema social”, categoría a la que se remite el fenómeno... ¿por qué no se la percibe también como un problema legal (muchas de las mercaderías que se venden en la calle, son producto del contrabando); como un problema sanitario (las frutas, verduras o alimentos a la venta, están impregnadas del mismo monóxido de carbono que aspiran sus vendedores); a un problema de seguridad, debido a que los informales circulan entre los vehículos sin ningún cuidado. Y debe verse además y fundamentalmente, como una incapacidad del Estado Nacional que se ha omitido hasta hoy, de evaluar correctamente la pobreza y sus circunstancias, como para aplicarse seriamente a su solución.
Y si la magnitud de todo lo señalado excediera los recursos disponibles, la energía y la materia gris de los funcionarios públicos, bastaría un “recorrido virtual” por países que ante los mismos problemas, han instrumentado algunas iniciativas para atenuar el impacto negativo de la pobreza. A saber, por ejemplo:
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–Refugios con cama, baños, cena y desayuno caliente para todo el que lo necesite.
–Comedores públicos con –al menos– una comida diaria.
–Guardería de bebés y niños, con todo lo necesario en alimentación, reposo, vestido, juegos y enseñanza escolar.
–Campañas de extensión y cobertura desde las escuelas, colegios y universidades. La pobreza es menos grave cuando es conocida por todos; y todos procurar remediarla.
El financiamiento que permita instrumentar algo de esto no debe ser muy difícil. A los viáticos y sobresueldos que deberían recortarse... o los boletos aéreos de 1ª clase que se canjeen por los de clase económica; deberían sumarse la eliminación de entidades o “consejos” innecesarios. Medidas que con la emisión de algún “bono soberano” para nuestra soberana miseria, serán útiles para que recuperemos la conciencia de nuestros orígenes y el sentido de responsabilidad que nos caracterizara en otro tiempo. Y para que nuestra pobreza no nos duela tanto...
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