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11 de Febrero de 2019

 

Días de vino y rosas

Por Jesús Ruiz Nestosa

SALAMANCA (España). No, no voy a hablar de aquella inolvidable película de Blake Edwards “Días de vino y rosas” (1962) sino recordar la frase que venía impresa en el afiche: “Aquellos días de vino y rosas, trajeron estas noches de vergüenza y terror”.

Porque eso es lo que están viviendo algunas familias de políticos mientras se aferran, como a un clavo ardiente, al último argumento que les queda para defenderse: “Somos víctimas de una persecución política”. Y para más inri, una de las figuras estrella del movimiento Honor Colorado, ya en pleno naufragio, Enrique Riera, ha decidido levantar su voz en defensa de los damnificados. Este político, en el que muchos habían puesto sus esperanzas años atrás por ser joven y porque parecía no estar contaminado por los vicios del sucio juego de la política, aventuró la idea de montar una oficina para recibir denuncias de quienes sufren persecución por parte del actual Gobierno de Mario Abdo Benítez.

El señor Riera, al crear dicha oficina, es posible que haya tomado conciencia que él pertenece justamente a un partido que se ha doctorado “summa cum laude” en el arte de la persecución política. Miles de paraguayos tuvieron que marchar al exilio, de manera obligada o voluntaria para poner tierra de por medio con aquella dictadura que se basaba en la fórmula de “Gobierno-Partido Colorado-Gloriosas Fuerzas Armadas”.

Este espacio no es adecuado ni suficiente para mencionar a los miles de talentosos ciudadanos que se fueron a enriquecer, con su talento, otros países, otras culturas, como el caso de Augusto Roa Bastos, José Asunción Flores, Herminio Giménez, Carlos Lara Bareiro, Epifanio Méndez Fleitas, Nicolás Pérez González, Rafael Barrett, Andrés Guevara y un largo etcétera.

En aquel entonces huían de la persecución política porque ella no pasaba por la revisión de los libros de contabilidad y los talonarios de cheques, sino pasaba por las salas de tortura que comandaba Pastor Coronel y su patético séquito de torturadores. Su propio padre, el Dr. Enrique Riera, fue ferozmente perseguido y conoció varias veces los calabozos por su posición ética. En estos treinta años de pretendida democracia, no he escuchado nunca que nadie pidiera perdón a la ciudadanía por tantos atropellos, tantas injusticias, tantas arbitrariedades. Cuando hubiéramos podido tener músicos y maestros de música de la talla de un José Asunción Flores o un Lara Bareiro, teníamos a la pandilla reunida en Autores Paraguayos Asociados (APA) que sólo sabía cercenar los derechos autorales de aquellos que debieron tomar el camino del exilio y, al mismo tiempo, montar gigantescos festivales musicales con los que se quedaron y cobraban derechos millonarios por sus composiciones musicales dedicadas al tirano.

¿Y si montáramos una oficina donde quienes sufrieron en realidad la persecución política del mismo partido cuyo honor defiende el señor Riera, pudieran presentar una denuncia y reclamar la justa compensación?

Lo que está pasando con el clan Zacarías Irún-McLeod, con los González Daher, el senador Víctor Bogado o el diputado Ulises Quintana no es persecución política sino sencillamente la materialización de aquella frase publicitaria de la que hablo al comienzo: ya vivieron ellos sus días de vino y rosas, y ahora deben vivir sus noches de vergüenza y terror. Aunque a veces esa vergüenza se transmite al resto de los ciudadanos como el caso del nombramiento de Celso “Kelembu” Miranda, pues los seguidores del grupo político al cual pertenece el señor Riera consideró que era mejor tener como sucesor de Sandra McLeod a un analfabeto al que se le pudiera manipular y no tener allí a un opositor. Para ello no importó que el trabajo de centenares de ciudadanos talentosos en favor de crear una imagen positiva del país haya sido demolida con un vídeo de solo 30 segundos.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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