Dictadores de ayer, dictadores de hoy

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¿Cómo trabaja la memoria, no? A veces, es un perfume, un aroma, el que trae de las profundidades del cerebro el recuerdo de un lugar, una situación o un hecho. A veces, como en este caso, es un tono de voz:

–¿Ud. es La Prensa? –Inquirió el guardia, en tono tan imperativo como amenazante.

–Sí, soy La Prensa –respondí, con una mezcla de pena por la patética mediocridad de mi increpante como con un dejo de soberbia porque mi persona, representante de un solo medio de comunicación, no podía ser La Prensa, sino una quizás ínfima parte de ella. Dos guardias más y dos funcionarios de protocolo después, me invitaron graciosamente a que “no pierda más mi tiempo” esperando lograr una  nota con la señora María Emma Mejía, secretaria general de Unasur.

Y entonces ocurrió: vino presurosa a mi memoria una situación lejanísima ya, allá por 1988, en el Chile pinochetista. Esperábamos con un grupo de profesionales y de estudiantes de periodismo la salida del dictador de un evento en la Escuela Militar, imponente edificio anclado en pleno Las Condes, a fin de tratar de conseguir una declaración respecto al próximo plebiscito en el que él, soberbio como era, había consentido participar seguro de su triunfo. (La historia dijo otra cosa, pero esa es, precisamente, otra historia).

Unos guardias de civil, a quienes llamaban “control de prensa”, nos sacaron a empujones y no muy disimuladas patadas del camino del dictador.

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En medio del primoroso Granados Park, en pleno 2012, el tono del guardia que corrió presuroso, ordenado por sus superiores para atajar a como diera lugar a la impertinente periodista, que osó abrir una puerta, mirar a ver quiénes estaban y salir, fue suficiente para molestar a los importantísimos representantes del rimbombante Unasur. Y suficiente para catapultar en mi memoria los ecos de cómo funcionan los dictadores, sean del signo que sean, cuando se trata de que la prensa, la gente, la ciudadanía, no se entere de lo que ellos están gestando.

Los delegados del nuevo bloque regional denominado Unasur se reunieron en Asunción durante dos días, para analizar el reglamento interno del grupo. Es decir, debatieron sobre lo que son, cómo son, a quiénes afectarán, cómo afectarán, cómo se financiarán, qué harán con los fondos, cuánto tiempo aplicarán, qué medidas aplicarán, cómo se relacionarán intra y extra bloque y un sinfín de puntos más.

Cada uno de ellos tendrá efecto en nuestra sociedad, en nuestro devenir político y en nuestra cotidianidad. Pero se lo confecciona, analiza y discute a puertas cerradas. Cerradísimas.

Y es que el bloque está inocultablemente imbuido del espíritu chavista, para el que todo lo que huele a transparencia o libertad, por un lado y crítica o cuestionamiento, por otro, debe ser repelido. Solo la prensa amiga puede tener acceso a lo que se discute o analiza, porque solo la prensa amiga publicará el mensaje con el correspondiente sesgo –70 por ciento propaganda y 30 por ciento medias verdades– al que llaman ser bolivariano.

Los autoritarios, de cualquier lado de los extremos, siempre se parecen. Se tocan, tienen sus mismas formas de actuar. Así como en el Chile de Pinochet el acceso a la información se sesgaba en los medios institucionales o cómplices, ahora solo en Prensa Latina o Telesur se puede saber de qué habló la secretaria María Emma Mejía o el propio representante paraguayo Julio César Arriola. Y eso que aún no asume el venezolano Alí Rodríguez Areque, próximo secretario general del grupo, ex guerrillero de las FALN, mencionado como cabecilla en secuestros de empresarios venezolanos, sostenedor de dos golpes prochavistas, ex presidente de PDVSA –principal acreedora de Petropar– y ex canciller de Hugo Chávez.

La dictadura, con su carga tenebrosa de miedo, ocultamiento y clandestinidad, siempre catapulta las alarmas de los que tuvimos la tristeza de conocerlas. Sean del signo que sean, las reconocemos por sus formas. Y es triste comprobar cómo, casi imperceptiblemente, ya las volvemos a tener entre nosotros.