José Manuel Silvero (*)
jmsilvero@intersophia.org
La grandeza no siempre está cubierta de oropeles y suntuosidades. Asimismo, la fuerza bruta y el sometimiento llevan estampada en la solapa una fecha de caducidad. Aunque la libertad esté subyugada, embargada y desecha, basta una pequeña chispa para esparcir por los aires esa cosa llamada "dignidad".
Y dignidad es justamente lo que Mohamed Bouazizi ha esparcido por el suelo árabe. Luego de haber recibido golpes y requerimientos de todo tipo, este humilde vendedor decidió protestar de la manera más dolorosa posible, quemándose el cuerpo. Y así lo hizo. Años de humillación minaron las ganas de vivir de Mohamed. Años de intentar ahorrar y comprarse la tan deseada camioneta y así vender más y poder ayudar a sus hermanos. Años de soportar el amargo sabor de la injusticia legalizada y de la abyecta tiranía.
El 17 de diciembre de 2010, una vez más, los policías habían solicitado a Mohamed una coima para que siga vendiendo frutas en la pequeña plaza. Se negó. Lo abofetearon y esparcieron sus verduras por doquier. Mohamed protestó, nadie le escuchó, nadie podía.
Al cabo de unas horas, el joven decidió inmolarse ante la atenta mirada de dos policías corruptos. Su cuerpo se llenó de dolor al compás de su alma. Soportó unas semanas pero su muerte, tan dolorosa como su vida, dio paso a un renacimiento de dignidad que ha iluminado todos los lugares donde la oscura dictadura había clausurado todo tipo de progreso.
El mensaje del joven tunecino se había esparcido por los aires. Googleado, twitteado y reproducido en millones de chats y SMS, en Facebook y Youtube y ahí donde podían, miles de jóvenes reproducían mensajes, convocatorias y videos. Los vetustos mecanismos de represión de los vetustos autócratas de esa parte del mundo lentamente se irían derrumbando.
Había emergido el poder de los movimientos sociales espontáneos en un entorno de comunicación digital. La libertad de expresión se hacía cada vez más fuerte y el flujo de información rebasaba toda posibilidad de control y censura.
El lamento de aquel humilde vendedor de fruta había contagiado a millones de jóvenes egipcios, quienes al amparo de la red lograron lo que antaño podían solamente las metrallas. De forma pacífica, aunque con muchas muertes de gente inocente, se logró lo imposible. De ahora en más, queda más que confirmada las predicciones del gran sociólogo Manuel Castell y de la fuerza y poder de las wikirrevoluciones.
Si ayer internet rebosaba de llamamientos y debates, hoy, la juventud árabe celebra y siente en su propio ser el inicio de un nuevo tiempo donde la libertad es la opción primera.
Ramiro de Maetzu decía que la libertad no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen.
Y los árabes consiguieron -con la ayuda de las redes- responder a tantos años de opresión, pobreza y corrupción. Es de esperar que la autocracia no devenga en teocracia. Es de esperar que la lección de Túnez y Egipto nos enseñe que la red es más grande que nuestros miedos y prejuicios.
(*) Docente de la UNA, columnista invitado