“La universidad –dijo– no puede seguir siendo una herramienta de exclusión social ni un sueño lejano de millones de paraguayos”. Se hace referencia luego a una audiencia pública en la Sala Bicameral del Congreso donde se discutirá una ley que regule el pago de aranceles en las universidades e institutos de carácter público en todo el país.
Creo que el tema, al cual la prensa no le dedica más de diez líneas, oculta un problema mucho más complejo y amplio que el de los aranceles. Además, lo dicho, son medias verdades refiriéndose a un tema que va mucho más allá de los aranceles que pueda cobrar la Universidad Nacional, ya que solo se habla de “universidades e institutos de carácter público”, mientras no se dice una sola palabra de las universidades privadas.
Dichas las cosas así como se dicen en la breve noticia, dejan traslucir un toque de demagogia, ya que la supresión de aranceles y abrir las puertas de la universidad a ese 69% de jóvenes que hoy no pueden ingresar a la universidad no solucionará ni siquiera una pequeñísima parte de la educación universitaria en nuestro país. Si se tiene la voluntad de hacer bien las cosas, hay que comenzar por la educación primaria y luego pasar por la secundaria, de modo que cuando los estudiantes lleguen a la universidad no sorprendan a sus profesores al descubrir que son incapaces de redactar un texto, sobre cualquier tema, de media página de extensión, sin cometer tres o cuatro errores graves de sintaxis y ortografía por línea, como término medio. El siguiente paso es tropezar con la dura realidad: la universidad tampoco está en condiciones de reparar las graves averías que traen los jóvenes fruto de una desastrosa formación en la escuela y luego en el colegio.
Antes que hablar del porcentaje de jóvenes que no pueden ingresar a la universidad, un dato interesante, sin lugar a dudas, sería bueno conocer otros porcentajes: cuál es el grado de escolarización de los niños. De todos esos que ingresan a primer grado, qué porcentaje termina el noveno grado; qué porcentaje pasa al bachillerato y cuántos de ellos logran terminarlo; cuál es el grado de deserción y cuáles son las causas. ¿Siempre es por motivos económicos?
Dicen que un 80% de los jóvenes están en situación de pobreza extrema. Sin embargo cada día, en cada barrio, vemos surgir una nueva universidad cuyos aranceles son estratosféricos. No es necesario conocerlos. Es suficiente ver que esa “universidad” que ha comenzado en una casa de familia con tres o cuatro habitaciones, en un par de años se ha convertido en un gigantesco edificio de varios pisos que se va extendiendo por la manzana como una imparable mancha de aceite. ¿De dónde sale todo ese dinero si no es de lo que aportan los alumnos?
Mara Alfonzo dijo que los recursos de Fonacide están distribuidos en planes que “no responden a las necesidades reales que tenemos como sociedad. La situación de la educación es terrible”. Los recursos del Fonacide podían haber financiado estupendos planes de becas si no se hubieran robado sus fondos. Y se seguirá robando, pues los políticos que manejan ese dinero están oponiéndose a que sea administrado por otra gente en lugar de hacerlo ellos mismos. Tiene toda la razón del mundo: la situación de la educación es terrible a todos los niveles y en donde están involucrados todos los estratos: profesores, alumnos, directores y hasta los constructores de las escuelas que se desploman sobre las cabezas de los alumnos sin que la justicia se haya dado por enterada.
¿Por dónde comenzar?
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