Educación y política

Este artículo tiene 8 años de antigüedad

En las encuestas que realiza este diario en su edición digital encuentro una que dice: “¿Está usted de acuerdo que la promoción de bachilleres de este año lleve el nombre de Epifanio Méndez Fleitas?” Voté por el “no” un poco por aquello del dicho español de “No sé de qué se trata pero me opongo” pero mucho más porque, independientemente de la persona de que se trate, es uno de los tantos desagradables intentos de mezclar el tema de la política con la educación de los jóvenes. Es una manera más que sutil, grosera, de ir ideologizándolos sin que tomen conciencia de ello.

Que quede bien claro que no tengo nada en contra de Méndez Fleitas. A favor tampoco. Solo sé que fue un enemigo irreconciliable de Stroessner y que este, si le tuvo miedo a alguien en su vida, fue a Méndez Fleitas. Solo así se explica la manera despiadada con que lo persiguió a él y a todos sus seguidores. En aquella época lo único que era peor que ser comunista, era ser “epifanista”. Incluso después que muriera en el exilio.

La costumbre de que las promociones de bachilleres llevaran el nombre de una persona fue de siempre. Quienes iban a recibir su título de bachiller se reunían, proponían nombres, se votaba y la propuesta que ganaba era la que le daba su nombre. Era de rigor que la elección se hiciera entre los profesores que tenían y de este modo se premiaba a quienes le resultaban más populares y queridos. Era una manera de demostrar un reconocimiento de manera espontánea, libre, sin ningún tipo de presión, democráticamente.

Pero en los regímenes dictatoriales, en los sistemas autocráticos, cualquier forma de expresión democrática no es aceptable. Hay que reprimir todo intento de expresión que implique libertad porque muy bien pueden comenzar a votar democráticamente para elegir el padrino de una promoción y terminar en queriendo elegir democráticamente un presidente de la república.

En los últimos años de la dictadura el gobierno suprimió esa libertad de elegir libremente un nombre y el mismo iba a ser impuesto, de manera obligatoria e irrenunciable, por el ministerio de Educación y Cultura. Para no chocar de frente, en los primeros años se eligieron nombres de héroes nacionales; lógicamente entre aquellos héroes que pertenecían al panteón del régimen, pues hay que entender que el sistema tiene sus propios héroes que responden a la ideología imperante y fuera quedan aquellos que no. Por ejemplo, el mariscal José Félix Estigarribia, a pesar de haber sido el comandante de un ejército paraguayo que ganó una guerra, no figura en ese panteón y es sistemáticamente olvidado incluso en nuestros días.

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Estos intentos de imponer nombres, imponer reconocimientos y, sobre todo, proponer modelos, son sencillamente odiosos. Yo sencillamente puedo estar de acuerdo con tal o cual figura pública o simplemente aborrecerla esté de acuerdo o no con mi manera de pensar. A lo que hay que sumarle el inexplicable entusiasmo que despiertan en nuestros políticos y gobernantes los uniformes militares. Basta con hacer un repaso del nombre de nuestras calles para entenderlo: una superpoblación de cabos, sargentos, capitanes, coroneles, generales hasta el hartazgo y una escasez pavorosa de héroes civiles: maestros, científicos, intelectuales, artistas, escritores, investigadores, etcétera.

Por eso he votado no al nombre de Méndez Fleitas. No porque rechace a la persona, sino por rechazo al sistema de imposición. Es necesario devolverle a los jóvenes su capacidad de elegir, su posibilidad de expresarse en todo cuanto sea posible y, sobre todo, en esa manera tan sencilla, espontánea, juvenil y libre de demostrarle su afecto a las personas que de alguna o de otra manera, por este o aquel camino, pusieron todo su empeño y cariño en formarlos en los años estudiantiles.

jesus.ruiznestosa@gmail.com