02 de Diciembre de 2016

 

El 25 de noviembre y la justicia poética

Por José Antonio Zarraluqui (*)

Cuando un personaje extravagante instalado por décadas en los titulares del mundo entero fallece es inevitable que las reacciones sean variadas, desde los vituperios groseros a los halagos excelsos. Aunque siempre haya quien pretenda quedar bien con Dios y con el diablo, tarea imposible hasta para el vicario de Jesucristo.

Así, el presidente Barack Obama, quien en el pasado trató de acercarse a Fidel Castro y lo más que pudo fue llegar al hermanísimo Raúl, valladar oficial para cuantos deseaban echar una ojeada y a lo mejor hasta tocar con un dedo al último dinosaurio, aunque sí lo colmó de concesiones en nada correspondidas, ahora se ha sentido en la obligación de emitir un comunicado en el que expresa que será la historia quien valore “el enorme impacto de esta figura singular en la gente y el mundo a su alrededor”.

Claro que será valorado, como al camarada Stalin lo valoran por las purgas a que tan dado era y por los millones que envió al gulag pues tenía que aplastar a los agricultores explotadores que no admitían el establecimiento de un mundo más justo. Y como al compañero Hitler lo valoran los judíos y gitanos que escaparon a su justa cruzada contra razas inferiores que pretendían chupar la sangre alemana.

Fidel es de esa estirpe de figuras singulares que tienen asegurado un lugar en la historia universal de la humanidad. Como Atila, Gengis Khan, Mao, Pol Pot, los Kim, los ayatolás, Suharto, Nerón, Mussolini, Abdul Hamid, Saddam Hussein, Amin Dada, Dessalines, Duvalier, Trujillo, Gómez, Ortega y Chávez entre otros esforzados abanderados del autosacrificio en aras del bienestar de los pueblos. Figuras singulares dignas de no ser olvidadas.

Pero Obama además se acordó de la población cubana y dejó claro que sus pensamientos y oraciones están con ella en estos momentos. Los míos también, no faltaba más, aunque especialmente están con José Martí por el agravio de que es objeto. Si es malo el bicho que están enterrando, el bicho enterrador es peor. Porque mira que se necesita mala entraña para inhumar a Castro junto a Martí. ¿Acaso pretenden que el apóstol de la independencia cubana no disfrute ni un minuto de reposo en el futuro?

El deceso de Fidel Castro debo reconocer que me sorprendió, convencido como estaba de que gracias a su pacto con el demonio lo tendríamos para siempre en el Caribe. No sé qué habrá pasado entre esos dos seres del mal aunque malicio yo que el discípulo intentó jugarle alguna mala pasada al maestro y el maestro le dijo: “Cómo, ¿bailando en casa del trompo? Pues se te acabó el tumbao, recoge y te mudas al infierno”.

La fecha que escogió el maligno para llevárselo me sorprendió igualmente. Porque fue un 25 de noviembre cuando el compañero hijo de tal en jefe con la bendición de Belcebú zarpó de Tuxpán, México, a bordo del yate Granma rumbo a la isla para arruinarla. Y fue un día de acción de gracias, otro 25 de noviembre, cuando pescadores floridanos encontraron flotando a un niñito salvado de los tiburones por los delfines tras el naufragio de una embarcación de cubanos que huían del infierno y en el cual la madre de la criatura se ahogó. Pero el episodio Eliancito lo utilizó magistralmente Fidel Castro en una de las campañas publicitarias más exitosas de la historia.

Sin embargo, tal como me hace notar Lucy fue asimismo un 25 de noviembre cuando me ingresaron en los campos de concentración llamados unidades militares de ayuda a la producción (UMAP). Y, como si aquello no hubiera sido suficiente para el infeliz que firma, años después otro 25 de noviembre entré en la Cabaña para extinguir una sanción carcelaria por un supuesto delito de propaganda enemiga. Pues entonces queda claro que, por lo menos en lo que a mí concierne, la fecha en que Fidel Castro largó el piojo constituye una especie de justicia poética.

Pásatelo bonito, Fidel. [©FIRMAS PRESS]

*Analista político.

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