En ese mismo acto, como un contrasentido, y tal vez llevado por la emoción, anunció que serán destinados unos G. 3.000 millones de las binacionales para becas a “hijos de caudillos”. Generó críticas en algunos sectores sociales por la discriminación que trae aparejada.
Más allá de la anécdota, son oportunas algunas consideraciones sobre las famosas “becas”, una práctica que algunos políticos convierten en una expresión del clientelismo político, y una oportunista forma de lucimiento personal. Un ignominioso ritual donde el joven extiende la mano para recibir el chequecito que con cierto dejo paternalista le entrega el “benefactor” de turno.
Mucho más digno, constructivo y liberador del joven sería que el Estado destine recursos suficientes y duraderos para que las universidades públicas ofrezcan educación de calidad, y gratuita. Que dispongan de bibliotecas, comedores y hasta alojamientos estudiantiles, para que el hijo del pobre también pueda estudiar.
¿Acaso falta dinero en un país con dos de las hidroeléctricas más grandes del mundo, tercer exportador mundial de soja y uno de los principales exportadores de carne al mercado internacional? Lo que falta es un poco de vergüenza a quienes se engullen el presupuesto nacional en prebendas y negocios amañados con recursos públicos. Lo que falta son representantes “honorables” en el Parlamento, menos creativos para autoasignarse privilegios y regalías, y más comprometidos con los intereses de la Nación.
La transformación de la que habló el presidente pasa necesariamente por superar ciertos viejos vicios. Romper esa inercia generada por quienes operan para mantener el país enfermo e ignorante, prisionero del clientelismo, dependiente de los oportunistas instalados en el poder.
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