20 de Marzo de 2017

 

El Estado soy yo

Por Jesús Ruiz Nestosa

SALAMANCA. No era necesario que el director de la Dirección General de Correos, Ángel Pintos Balbuena, dijera lo que dijo para que nos enteráramos de cómo se maneja la administración del país ni para que termináramos de entender en manos de quiénes estamos. Ya lo sabíamos desde hace muchos años atrás; incluso se podría hablar de décadas. Confirmamos entonces la idea que teníamos de que el funcionario público no es una persona encargada de realizar determinado trabajo en favor del buen funcionamiento del país, sino se trata de una persona que se siente dueña de una parte del Estado. En pocas palabras: el Estado le pertenece.

A pesar de que vivimos desde hace un poco más de dos siglos en un sistema republicano, la manera de proceder de estos funcionarios nos recuerda a aquellos monarcas absolutistas que se enseñorearon de los países europeos durante varios siglos. Se lo ha citado hasta el cansancio, aunque no existan pruebas palpables que así lo haya dicho, a mediados del siglo XVII (1655) a Luis XIV de Francia; se le atribuye la frase: “El Estado soy yo” (L’État, c’est moi) y años más tarde, su sucesor, Luis XV no se quedó atrás asegurando “Después de mí, el diluvio” (Apré moi, le déluge). Ni uno ni otro sobresalieron precisamente por su humildad y sencillez. Nuestros funcionarios públicos, lejos de alcanzar el esplendor y refinamiento que lograron aquellos monarcas, (hay quien podría pensar que se trata de una comparación grosera) están nada más que a un paso de creerse la encarnación misma del Estado o bien que después de ello, nada es importante; muy bien puede llegar un nuevo diluvio, como el que cita la Biblia.

A Ángel Pintos Balbuena se le vinieron todas las adversidades juntas. No solo se le cuestiona su gestión al frente de esa escuálida institución en la que se ha convertido la oficina de Correos ante los embates de internet y la falta de imaginación para modernizar y diversificar sus servicios, sino también ha entrado en la mira de la opinión pública su hijo Luis Roberto, un joven que anda rondando la treintena y está en la Dirección General de Aduanas, una especie de cueva sacada de “Las mil y una noches”, ya que en poco tiempo logró amasar una fortuna que trepa a los tres mil millones de guaraníes. Todo a partir de un escuálido sueldo.

Pintos Balbuena decidió hacer frente a tantos ataques y salió a romper lanzas con un texto colgado en Facebook en el que se declara ser víctima de “un odio enfermizo” por parte de gente innominada, ya que no da los nombres de los “odiosos” (¿serán “odiosos” los que odian?). Luego entra de lleno en el tema que le preocupa comenzando por donde debe comenzar todo discurso: agradeciendo a quien le dio vida política a su ser: “Agradezco al señor presidente, don Horacio Cartes, por la oportunidad que nos brinda”. Buena aclaración: ahora sabemos que está allí gracias a una decisión del presidente Cartes y no por sus méritos, como tendría que ser todo jefe de una repartición pública tan importante como es la Dirección de Correos. La segunda frase resume caridad judeo-cristiana: “A los pocos funcionarios que tienen odio enfermizo en su corazón les pido que amen al Correo y a su país”. Conste que los mandamientos hablan de “amar al prójimo” pero nada dicen de amar al Correo. Todo eso se corona con una exhortación: “... y agradezcan a Dios la oportunidad que mi administración les brinda y llevar el pan de cada día a su familia”. Sin desperdicio: aparece aquí Dios como correligionario de Pintos Balbuena a quienes hay que agradecer.

Seamos serios de una vez por todas. La obligación de todo funcionario público es la de realizar un trabajo impecable, eficiente, honesto, trasparente. No lo está haciendo gratis ni tampoco nadie le obliga a hacerlo. Si se encuentra en ese puesto es porque tiene los méritos necesarios y suficientes para ocupar el cargo. De no ser así, está pervirtiendo el sentido verdadero del funcionariado que es mantenido con lo que aportamos todos los ciudadanos a través de nuestros impuestos. Acabemos con que tales puestos son un “regalo” que reciben por sus fidelidades partidarias, sus simpatías políticas, sus adhesiones incondicionales, sus apoyos a intereses espurios, como sería este el caso, por eso el agradecimiento inicial con el título de “don”, algo que hacía tiempo no escuchábamos en referencia a las autoridades; título que lo han echado a perder gracias a una generosa demostración de incompetencia e ineptitud.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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