El mal ejemplo de arriba

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Si tuviéramos que decidir entre democracia y dictadura con uno de los métodos científicos que garantice seriedad de resultado, creo que hoy en Paraguay todavía ganaría democracia, y no lo digo por la presunción de que en nuestro país la democracia de 27 años ininterrumpidos es una situación irreversible, que no lo es, sino porque el sistema se edificó sobre varios pilares, algunos de los cuales están caídos, pero como es una modalidad de gobierno que cuenta con un cinturón interno de seguridad y solidaridad externa, con cada crisis surgen los puntales que sostienen al sistema para continuar andando, aunque se arrastre.

Pero si nuestra democracia dependiera de las bases –que serían el cimiento de su edificación– y más aún de los partidos políticos que gestionan y gerencian su funcionamiento, estaríamos caminando políticamente al borde de la cornisa. Claro, no es momento histórico para un retroceso, por la incidencia que tiene sobre eventuales gobiernos de facto el contexto internacional y más que eso por el patrón dominante ideológicamente en el continente, pero no debemos olvidar que aún las democracias consolidadas y sociedades con memoria histórica sobre su ejercicio democrático han caído en situaciones autoritarias.

Países como Chile y Uruguay, que siempre se caracterizaron por sus regímenes democráticos y una ciudadanía activa, tuvieron que soportar gobiernos dictatoriales que destruyeron sus instituciones, aunque no pudieron anular el grado de madurez cívica que alcanzó la ciudadanía en cada país. Frente a esta experiencia, la probabilidad de un retroceso en países con frágil formación cívica e incipiente cultura democrática, no parece muy descabellada, en algún momento propicio para ello.

Si se produjera de repente, como decía antes Humberto Rubin, un momento mágico de poder corregir los defectos de nuestra democracia, fortaleciendo sus debilidades y aprovechando las oportunidades que nos ofrece, ¿por dónde comenzaríamos y por dónde continuaríamos? ¿Por la educación cívica del pueblo, por la democratización interna de los partidos políticos o por la cultura política de la ciudadanía? ¿O por las tres cosas al mismo tiempo?

Quienes deberían darse cuenta de la situación y ocuparse del tema son los líderes políticos, esas personas que por su vocación, formación y responsabilidad tienen la obligación de ver lo que los demás no ven y además tienen el deber de hacer notar a los demás que en más de un cuarto de siglo nuestra democracia es de baja calidad y que la insatisfacción ciudadana es porque los partidos políticos no se ocupan de formar a la gente y mucho menos en rotar y renovar a su dirigencia.

Si en la educación ocupa un lugar destacado el método inductivo, cuya estrategia de aprendizaje es la observación, la abstracción, la comparación y la generalización, es fácil inferir que la población no tiene otra forma mejor de educarse políticamente más que observando el comportamiento público de los líderes y dirigentes políticos, de cuyas actuaciones extraen conclusiones sobre la forma de burlar la justicia, violar la ley, enriquecerse rápidamente y continuar al frente sin castigo alguno.

Si no se encuentra otra forma más eficiente de educar o si la ciudadanía no se autoeduca políticamente a través de una participación activa, el mal ejemplo de la élite de poder seguirá siendo el modelo y la sociedad continuará con picos de exigencia máxima y largos períodos de permisividad al mismo tiempo, perdonando todas las fechorías, inclusive admirando la habilidad de los corruptos y esperando que llegue el momento del orekuete y del orehaitéma.

La cuestión amerita un intento serio de buscar la forma de terminar con este estado de cosas y fomentar un cambio hacia mejores prácticas democráticas para nuestro país.

ebritez@abc.com.py