El más capaz

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Soy de los que se emocionan con la posibilidad de contar con gente capaz en el Gobierno, en sus tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, pero desde hace un buen tiempo se me viene desinflando ese sentimiento, especialmente desde que leí la explicación que da el filósofo Karl Popper sobre el gobierno de los mejores. 

En 1996 la ciudadanía capitalina eligió intendente de Asunción a Martín Burt, quien tenía fama de ser la persona más capaz entre todos los aspirantes, pero luego esa misma ciudadanía lo votó en la prensa digital como el peor. También hay casos de presidentes de países sin la capacidad suficiente para ejercer el cargo que terminan siendo el mejor, comparativamente. Se dice que el general Rodríguez cumplió ese papel en la transición, a pesar de la paradoja de que una democracia sea liderada por un militar. 

No está de más advertir que las votaciones para elegir quién fue mejor o peor carecen de la rigurosidad científica y para votar no se realizan evaluaciones racionales, pero es el pálpito del momento. Es lo que queda instalado. 

Entonces ¿qué debemos hacer para tener un buen gobierno? ¿No es necesario elegir al más capacitado de todos los contendientes? ¿Es suficiente con que gobierne bien, sin tener la capacidad o formación personal para ello? 

Una respuesta la da el filósofo Karl Popper al advertir que Platón creó la confusión al preguntarse ¿quién debe gobernar? y la respuesta lógica de que deben ser los mejores, conlleva el reconocimiento de que no siempre es así por lo que se plantea la eventualidad de un mal gobierno. Entonces la pregunta correcta es: ¿cómo debe ser la organización de las instituciones gubernamentales para que los malos gobernantes causen el menor daño posible al país? 

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O sea, la cuestión básica, en vez de ¿quién debe gobernar? pasa a ser ¿cómo debe gobernar? dada la constatación de que raras veces los elegidos han sido personas por encima del promedio. Popper señala que ser el más capaz en el gobierno no es garantía porque hasta los más poderosos tiranos dependen de sus aliados, verdugos, anillos y de su seguridad pública y secreta. 

Hace unos días en una charla con socios de Cerneco traté de torcer el debate muy pesimista sobre qué hacer para tener una mejor representación, trayendo a colación experiencias exitosas en el tema electoral como fuentes de animación para los demás. Cité los casos de Carlos Filizzola, Martín Burt, Mario Ferreiro, Fernando Lugo, Luis Yd y otros, sin entrar a juzgar sus gestiones ni actuales roles. 

Una de las activas participantes retrucó diciendo que todos los mencionados fracasaron por falta de exigibilidad, a lo que luego señalé que quienes fracasamos fuimos nosotros, los electores. En primer lugar, porque nadie controla a los elegidos y nuestra permisividad de sociedad hace que no exijamos el cumplimiento de las promesas, para terminar nuevamente votando por ellos, a sabiendas de que no cumplieron o lo hicieron mal. 

El tema cobra de nuevo vigor en nuestro país con la postulación como precandidato del ministro de Hacienda, Santiago Peña, quien posee títulos suficientes para aspirar a la presidencia de la República. Karl Popper nos advierte, si queremos equivocarnos otra vez pensemos en la respuesta ¿quién debe gobernar? en vez de ¿cómo debe hacerlo? 

La primera reacción que tengo a esta cuestión es que responderemos una vez más a la pregunta más fácil... y equivocada de ¿quién debe hacerlo? Porque esperamos –al igual que en las comisiones vecinales de la campaña– que el presidente electo lo haga todo por nosotros, sin exigirle nada, sin controlar nunca y sin ninguna reprochabilidad por su evidente culpabilidad. Es decir, lo más cómodo que nos habilite luego a ejercer el derecho más popular: plaguearnos.

ebritez@abc.com.py